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La idea constituyente de hoy no es la misma de ayer. Los más recientes ejercicios constituyentes nacionales (Brasil 1988, Colombia 1991, Perú 1993, Venezuela 1999, Ecuador 2008, Bolivia 2009), subnacionales (Argentina, Colombia, México) y aun supranacionales (Unión Europea, intento de Constitución) tienen características muy particulares.
En Colombia importa clarificar el tema por cuanto tenemos una tradición fuerte de ver en las formulas constitucionales la solución a muchos de nuestros problemas lo cual es bastante notorio ahora en lo que toca con el proceso de salida política del conflicto armado interno y los acuerdos de paz.
La idea constituyente ha evolucionado a la par con la del Estado y con la de la política misma a raíz de los cambios que en todos los órdenes ha producido el imperio del mercado inspirado en una ideología neoliberal y con un marco de alcance mundial o global. Todo se ha flexibilizado, no solo la dinámica de la economía, también la práctica política, los partidos y las estructuras institucionales. El Estado mismo se ha reducido en tamaño, se han limitado sus funciones y sus fronteras se han tornado cada vez más porosas, hasta el punto de poner en cuestión la propia existencia del Estado-Nación.
Zygmunt Bauman ha llegado a hablar inclusive de sociedad liquida y amor líquido. La flexibilización es de tal alcance que afecta los fundamentos culturales y el ethos de las personas y los pueblos degenerando en el vacío de referentes morales, ceguera o entumecimiento moral, “todo vale”, a lo cual, en conjunto, Bauman llama modernidad líquida (2015). En este contexto evolutivo, perceptible en el fin y en el comienzo de siglo, no puede esperarse que una constitución sea el marco normativo sólido que define y encauza los destinos de una nación con pleno ejercicio de soberanía. Así pudo ser en tiempos pasados, pero no ahora.
Por ello algunos consideran que “en el orden pos-nacional el poder constituyente subsiste solo en parte como una manifestación irritante (provocadora) de las estructuras institucionales existentes. Este papel reducido apunta a un constitucionalismo global que se restringe a algunos controles liberales mientras marginaliza las más fuertes aspiraciones al autogobierno” (Nico Krisch, 2014). El hecho es que desde esta perspectiva pero también desde aquella que pregona que “otro mundo es posible” se está hablando de la necesidad de un gobierno global, a partir de una normatividad global (¿constitución?), sea para mantener el orden existente, sea para transformarlo.
Una cosa no ha dejado de ser cierta y quizá hoy adquiere mayor vigencia: “La verdadera Constitución de un país solo reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rigen; las constituciones escritas no tienen valor ni son duraderas más que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la realidad social” (Ferdinand Lasalle, 1862). La preocupación se traslada del texto constitucional a la realidad política y al juego de poderes que la materializan. Las constituyentes más recientes en América Latina las han liderado movimientos socio-políticos mayoritarios ya instalados legítimamente en el gobierno.
Colombia abrió la transición de la guerra a la paz, las armas fuera de la política, con una Asamblea Constituyente (1991) que dejó planteada la necesaria actualización del pacto fundante social y político y las reglas de juego del conflicto permanente. Tal proceso es preciso cerrarlo con otra Asamblea que complete el trabajo que dejó inconcluso la del 91, vincule a los nuevos actores y encare los nuevos problemas. Pero ello, si ocurre, debe ser dando prioridad a la constitución de un sujeto político transformador sobre el rito asambleario constitucional.
@luisisandoval