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NO BUSQUE EL ORIGEN DEL CONSEjo en las lecturas de Andrés Hoyos, William Ospina o Héctor Abad. Explico: no en las lecturas que ellos publican, sino en las que hacen, porque, con otras palabras, debe repetirse mil veces en sus bibliotecas.
Ahora, el verdadero origen de “no saque la cabeza” tiene que estar ligado con la llegada del automóvil a Antioquia. Toda mamá paisa, sanamente imitada por las demás, le ha dicho alguna vez al hijo que no saque la cabeza por la ventanilla. Pero los colombianos, que creemos que la mamá es una señora cuya sustancia —como las latas de atún— caduca con los años, nos olvidamos de seguir aplicando el capital consejo. Sacamos la cabeza y, ¡zaz!, pasa lo que todos sabemos que pasa: algo la golpea con violencia.
Los hay que la sacan por talentosos o por arribistas o por ingenuos o por brillantes o por osados o por tercos, o simplemente porque la tienen grande y asoma. Algunos magistrados honestos han sacado la cabeza para velar que no se amañen en la impunidad los amigos de quienes cortaban cabezas con motosierra… y en unos días verán ustedes que vienen para ellos más raciones de estiércol. Los judíos alemanes de la década de los treinta, preparados e inteligentes, buenos filósofos y mejores músicos, sacaron mucho la cabeza… Hitler les cortó a ellos y a sus hermanos europeos seis (tal vez siete) millones de cuellos. Sergio Fajardo no solo sacó la cabeza: les ganó por cabezas de ventaja a los políticos marrulleros de Medellín y demostró que la gente también vota por el que sólo ofrece trabajar… no hay día en que los lobos no lo merodeen. Daniel Coronell saca la cabeza sábados, domingos y festivos… no lo bajan de cómplice y criminal; le estaban preparando un libelo con sabor a los agrios y artificiales Protocolos de los sabios de Sión. Jaime Garzón, de cuya cabeza apenas escapaban las ideas y los dientes, la sacó y con ella golpeó las vergüenzas ajenas… se la trituraron a bala y la dejaron untada en los vidrios de su camioneta. Se destiñen los ejemplos: Armando Benedetti sacó la cabeza por culipronto y sobrado, para congraciarse con estos y aquellos, y politiquear grácilmente en todos los escenarios… le dieron tan duro que está a punto de quedar para-pléjico.
Y, claro, a estas alturas de la columna, los casos pierden todo el colorido: Yidis Medina, acosada por el apetito de quien cree que tiene derecho a comerse todo lo que hay en las otras mesas del restaurante, sacó la cabeza para abrirles paso a sus repugnantes ganas… quería poner la cabeza en muchos puestos y terminaron poniéndosela en su sitio. Alberto Santofimio, de quien decían era el político más brillante y el orador irresistible de este rincón del trópico, sacó la cabeza para martillar con ella a quienes le pisaban los talones… ahí está, descabezado para siempre y listo para que la cabeza se le seque como ya hace rato se le secó el alma…
Geniales o tontos, prudentes o dilapidadores, honestos o torvos, fútiles o valiosos, todos deben pensar muy bien antes de sacar la cabeza: deben usar la cabeza antes de sacar la cabeza. David Yallop, el escritor e investigador que se hizo famoso afirmando que a Juan Pablo I lo mataron a los 33 días de pontificado (irónicamente su ‘jefe’, a los 33 años, había sacado la cabeza en Nazaret y fue crucificado), revela en El poder y la gloria los cinco consejos que debe dominar y practicar cualquier sacerdote que quiera descollar: “No pienses. Si piensas, no hables. Si hablas, no escribas. Si piensas y hablas y escribes, no firmes. Si piensas, hablas, escribes y firmas, no te sorprendas”. ¿Difícil de memorizar? Sólo hay que ponerle tuteo para simplificarlo: no saques la cabeza.
Otra cosa: ¿Firmar una columna que genéricamente se llama ‘El desnucadero’ será, de alguna simbólica manera, sacar la cabeza?