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La decisión de la mayoría de los ingleses de retirarse de la Unión Europea (Brexit) obedece a múltiples aspectos. Algunos de ellos fueron motivados por razones personales, como la xenofobia que ve la inmigración como una entrada de extranjeros que obligan a repartir la riqueza nacional entre más personas, lo cual ha sido controvertido por los hechos. En general se observa que los inmigrantes contribuyen más a las sociedades de lo que reciben. De todas formas, lo que más pesó en el pronunciamiento fueron los aspectos económicos de la Unión.
El voto negativo revela la percepción de que el sistema ha traído más daños que beneficios a la mayoría de la población. En realidad, la Unión Europea no ha coincidido con los anuncios y expectativas que la presentaron como la organización económica más acertada del siglo XX. Las teorías que sirvieron de sustento al experimento han sido controvertidas en todas partes del mundo. Para empezar, la Unión se justificó en la teoría del mercado que considera que las condiciones de los países son independientes de los socios; en particular, se supone que pueden ampliar las exportaciones independientemente del salario. Falso. Los salarios están inversamente relacionados con el comercio. Los esfuerzos generalizados para ampliar el comercio y configurar superávits de la balanza de pagos ocasionaron una caída generalizada de los salarios. Todos los países de la Unión experimentaron caídas de la participación del trabajo en el producto nacional.
La otra consecuencia ha sido la pérdida de discrecionalidad en el manejo de la economía. Se considera que los desajustes monetarios y de balanza de pagos los corrige el mercado y que los países pueden prescindir del manejo monetario y la regulación cambiaria, como ocurre con la moneda única del euro. En este sentido, se presumía que la Unión Europea operaría como Estados Unidos. La experiencia de los últimos ocho años revela una realidad distinta. Los países están desprovistos de medios para estabilizar y activar las economías. Así se vio en la crisis de los países periféricos, como Grecia, España, Portugal e Italia. Ante los cuantiosos déficits en cuenta corriente ocasionados por el aumento de la productividad de Alemania, no tuvieron más opción para ajustar las economías que propiciar la recesión, que les significó caídas del salario de 25 y desempleo de más de 20 %.
La Unión Europea tuvo el apoyo de pensadores connotados que veían el libre comercio como la mejor organización para elevar el ingreso y el empleo. Los hechos han sido especialmente adversos entre 2008 y 2016, en el cual Europa no ha logrado salir de tasas de crecimiento de 1 % y desempleo de más de un dígito.
Hasta el momento no se han dado las proyecciones catastróficas del Brexit, y seguramente no ocurrirán. La duda es el comercio internacional, porque la mitad del intercambio de Inglaterra se realiza con la Unión Europea. Si bien la economía dispone de una estructura productiva que le permite reorientar los flujos comerciales, queda expuesta a una vulnerabilidad de la balanza de pagos que puede interferir el progreso y la estabilidad.
La votación deja enseñanzas. Las teorías que sirvieron para la conformación de la Unión no se han cumplido y es indudable que los beneficios son menores a los previstos. Lo mismo se podría decir del TLC de Colombia con Estados Unidos, firmado hace cuatro años, que fue negociado sobre la base de que todos ganan en el comercio internacional y que el país podía darse el lujo de reducir en mayor cuantía los aranceles. Hoy en día las cifras muestran a Colombia como un gran perdedor. Luego de que operara durante varios años con un superávit en cuenta corriente, en cuatro años pasó a generar un déficit de US$4.500 millones.