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Independientemente del debate, que es necesario respecto de acuerdos tan importantes para el futuro del país como los que se vienen adelantando en la Habana, y sobre la base de que se pueda dar respuesta a las inquietudes de afectación de la institucionalidad que han propuesto destacados juristas, debe reconocerse que los avances son un camino en la construcción de esperanza.
Dicen que el hombre no se frustra porque se frustren sus sueños, sino porque no sabe soñar. Por décadas, nos acostumbramos a la violencia y al terrorismo y nuestra juventud ha vivido presa en ese estado. Hoy, desde la educación, tenemos la obligación de enseñarles a soñar una nación que sea capaz de respetarse en la diferencia y de construir un mejor futuro para las siguientes generaciones, pero que, sobre todo, sea capaz de enseñarles a soñar una nación más incluyente, más próspera, más justa, más equitativa y en paz. Sería mezquino no hacer todo el esfuerzo posible para devolver ese sentimiento de esperanza a las nuevas generaciones.
Siguen existiendo dudas sobre el proceso mismo para una parte de la población, pero las dudas deben abrir el camino a tratar de encontrar salidas para un bien superior por el cual vale la pena que luchemos todos.
Sin embargo, ante los últimos acontecimientos sobre la firma del acuerdo para la terminación del conflicto, es bueno recordar que cuando uno sube a una montaña, en la medida que se acerca a la cima, casi siempre tiene en el horizonte la siguiente montaña a escalar. Y algo de esto pasa desde el jueves 23 de junio en Colombia. Sabiamente lo describe el premio Nobel de Paz Oscar Arias con su frase que acertadamente escribió al prologar la reedición de una autobiografía de Gandhi: “Ningún ideal es un lecho de rosas. La Paz en definitiva no lo es. No llega como un accidente de la providencia, ni es la emanación natural de semidioses, sino una lucha constante de seres imperfectos que caminan, como en la Marcha de la Sal, paso tras paso en una senda larga y empinada… Debemos seguir luchando por una realidad mundial en que la violencia deje de ser la quimera y sobre todo la última quimera”.
Firmar la Paz no es un punto de llegada, es un punto de partida a reconocer los males que nos han debido preocupar más desde antes… No vendrán ríos de leche y miel ni tampoco la catástrofe. Vendrán seguramente desafíos muy grandes en lo territorial, en acabar con la corrupción, en trabajar por la competitividad, en el fortalecimiento de las instituciones, en pensar con dimensión global, en aprovechar oportunidades de los tratados de comercio, en reducir la inequidad, entre muchos más.
Pero para llegar allá, necesitamos urgentemente construir identidad nacional y una memoria que dé lugar al perdón y reconciliación. Tolerarnos entre contradictores políticos e ideológicos. Construir narrativas distintas de bien común, de solidaridad, de ética, de grandeza, de no más atajos.
Lo que se logre en La Habana no será el fin del conflicto, pues mientras haya combustible del narcotráfico siempre habrá violencia; no obstante, sí puede ser el inicio del fin, en donde los protagonistas no son los actores del conflicto o los negociadores, sino nosotros mismos. Un paso que sigue es descargar nuestras diferencias, por ejemplo como Gobierno y oposición, y construir una sociedad que recupere la confianza y la esperanza.
Y en lo económico tampoco podemos ser ajenos a los retos. Lo trae a colación magistralmente el gerente del Banco de la República cuando recuerda palabras de Adam Smith: “¿Cómo se logra la mayor producción de bienes, la mayor creación posible de puestos de trabajo? ¿Qué se requiere para que un país invierta lo más posible? Poco más que paz, pocos impuestos y una tolerable administración de justicia”.
De lo anterior queda claro que, además de los acuerdos, será indispensable trabajar, y de forma urgente, en un sistema impositivo equilibrado, equitativo y sostenible, y en una justicia civilizada, sin excesos ni defectos, por la que valga la pena creer. Solo estos dos propósitos, bien conducidos, pueden llenar la agenda de trabajo de las tres ramas del poder en los próximos seis años.
jrestrep@gmail.com; @jrestrp