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HACE UNOS DÍAS OÍ A UN ACTIVISTA FRANCÉS hablar de China como se habla de China en todas partes por estos días, pero con una diferencia: después de un largo monólogo en que condenaba, una vez más, la opresión del pueblo tibetano, y después de un par de llamamientos, una vez más, a que China mejore su récord de derechos humanos, este activista cambió radicalmente de tono, como si hubieran apagado la cámara, y dijo: “Pero yo no sé por qué se escandaliza la gente ahora, si esto lleva así treinta años. ¿Por qué era necesario que hubiera Juegos Olímpicos para que el gobierno chino recibiera la condena de la comunidad internacional? Los intelectuales se rasgan las vestiduras ahora, pero llevan treinta años sin decir nada. ¿No es un ejemplo del peor oportunismo?”
Supongo que la pregunta es legítima, pero hay casos particulares que puede uno tener en cuenta. Esta semana, por ejemplo, el PEN de Estados Unidos llevó una petición formal a las autoridades chinas para que liberen a los 39 escritores y periodistas presos como parte de la represión. En la rueda de prensa que anunció la petición estaba Salman Rushdie, que recordó el punto clave de todo este asunto: el hecho de que hay una promesa de por medio. Cuando el gobierno chino estaba postulándose como sede de estos Juegos Olímpicos, hizo promesas explícitas de mejorar la situación de derechos humanos, lo cual incluía, por supuesto, la situación de los 39 escritores y periodistas presos. Los Juegos Olímpicos le fueron concedidos a China, pero China, lejos de cumplir la palabra empeñada, sigue persiguiendo y encerrando a sus disidentes.
Así que de lo que estamos hablando ahora es de la utilización franca y directa de los Juegos Olímpicos como medio de presión. Uno nunca sabe si eso da resultado, pero el PEN tiene una larga historia de éxitos en casos similares. Y además cuenta con una de las características más marcadas de todos los totalitarismos: el miedo al qué dirán. Parece frívolo, pero así es, y así lo subrayó Rushdie durante la rueda de prensa: “Estos gobiernos destruyen las vidas de sus ciudadanos, pero al mismo tiempo tienen una curiosa necesidad de ser populares”. A los totalitarismos no les gusta que se hable mal de ellos, y es esa sensibilidad infantil lo que está aprovechando el PEN. Puede que al gobierno chino le tenga sin cuidado el costo moral de la guerra contra la libertad de expresión, pero el costo en imagen puede ser brutal; y eso, a cien días de los Juegos, puede resultar en altísimos costos económicos.
Parece que todo esto nos quedara lejos a los colombianos, pero no es así. A pocas horas de avión está Cuba, uno de los tres países del mundo con más periodistas y escritores presos. De hecho, otra de las cosas interesantes de aquella rueda de prensa fue una frase de la ley china contra los periodistas. La leyó el novelista inglés Ian McEwan, y juro que me pareció que ya había oído esas palabras en alguna parte. “Atentar contra el estado socialista”. “Incitar a la subversión contra el poder estatal”. Resulta que la ley china está escrita con las mismas estrategias que la Ley 88 de Cuba, un texto abstracto y general que a la dictadura castrista le ha servido para encarcelar disidentes por los comportamientos más dispares. Y el régimen cubano es uno de los protegidos de China, o del voto de China en la ONU.
En la rueda de prensa contaba un escritor chino que las generaciones más jóvenes ya no saben qué pasó en la plaza de Tian’anmen. Con los escritores en la cárcel, hay cosas de las que nadie habla, y esas cosas se van olvidando poco a poco. Esa es la gran victoria de la censura: sobrevivir tanto tiempo que la historia comienza a cambiar, a adaptarse a la versión del régimen. “Un mundo, un sueño”, dice el lema de los Juegos. Después de la rueda de prensa, alguien me dijo riendo: “Bien mirado, hasta el lema es totalitario”.