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El jueves 23 de junio de 2016 no fue un día más. Como colombiano, y de visita en Londres, me tocó vivir, al mismo tiempo, la alegría del anuncio del acuerdo del fin de la guerra con las Farc en Colombia y la decisión de los ingleses de retirarse de la Unión Europea (UE).
El año pasado el primer ministro británico David Cameron aceptó realizar el referendo – conocido como Brexit – sobre la permanencia o el retiro del Reino Unido (UK) de la UE. Este jueves 23 el 52% de los votantes británicos decidieron el retiro. La decisión mayoritaria del UK fue sorprendente para muchos en todo el mundo. Y, para casi todos, un retroceso y un trago amargo por sus motivos, su significado y sus consecuencias.
La motivó el sentimiento generalizado de que el problema son los migrantes de otros continentes y de la propia Europa. De que son ellos los que les quitan los empleos, les producen inseguridad y les ponen en riesgo a los propios ingleses los beneficios logrados durante siglos en salud, educación, transporte y otros servicios. Pesó mucho la campaña engañosa de los promotores del retiro, en el sentido de que recuperarían millones de libras esterlinas semanales para el servicio nacional de salud. Y pesaron también para algunos sus nostalgias imperiales, las limitaciones a su soberanía y su racismo latente. Deja un poco de esperanza saber que los jóvenes entre 18 y 24 años votaron contundentemente (64%) por la permanencia, al igual que las regiones que concentran los principales núcleos universitarios del país, como Londres, Oxford, Cambridge, Manchester y Liverpool.
El retiro significa un triunfo para la derecha xenófoba de todo el mundo, que ya empieza a reclamar referendos en Francia, Italia y Holanda, y provocó la euforia del candidato republicano de los Estados Unidos, Donald Trump. Poco antes de partir para Escocia a inaugurar un campo de golf (!) declaró: “Es grandioso que los británicos hayan recuperado el control”. El riesgo de nuevos retiros de la UE y del fraccionamiento del UK es ahora innegable. El terremoto apenas comienza.
Pero mientras los británicos votaban, en La Habana se concretaba algo que hasta hace poco parecía imposible: un acuerdo político, paciente e inteligentemente construido entre el gobierno colombiano y las Farc, para dar por terminada la guerra mediante un acuerdo de cese bilateral y definitivo del fuego y dejación de las armas por parte de esa guerrilla. Si bien no es el acuerdo final, es el punto de no retorno de este proceso de negociación y la confirmación de que se abre la vía política y se cierra la vía armada como mecanismo para tratar de seguir resolviendo las inevitables diferencias de ideas, intereses y poderes en nuestra sociedad.
Por descontado que tales acuerdos tienen costos para todos: actores, víctimas, partidarios y opositores. Pero, aunque costosa y riesgosa, la construcción de una sociedad en paz es una tarea mucho más promisoria y positiva que continuar una guerra sin futuro y con tan pocos ganadores. Al aporte político y económico que nos corresponderá a todos, debemos agregar desde ya y con entusiasmo una cuota efectiva de inteligencia, generosidad y perdón. Sin ella, no hay acuerdos que valgan.
Entre las múltiples reacciones registradas en los medios ante este paso en firme hacia la paz, quiero destacar tres. La de Alberto Vidal, desplazado de Caloto por una toma sangrienta de las Farc. Dijo que con la paz no sólo llegará la tranquilidad, sino que “también pueden llegar cosas buenas en salud y educación”. La de otra víctima, de apellido Tovar, quien con enorme sentido común dijo: “El posconflicto es como un posparto que si no lo cuidamos puede tener recaídas”. Y la del expresidente uruguayo José Mujica quien nos advirtió: “…dejen de pensar en las próximas elecciones. Pensemos en las próximas generaciones”. Totalmente de acuerdo con los tres.
Agridulce este 23 de junio. Como la vida. Y, como ella, cargado de dudas y esperanza.
Médico social.