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Operación Colombia

Andrés Hoyos
28 de junio de 2016 – 03:27 p. m.

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Una forma de ver lo que está pasando en Colombia es considerar al país como un paciente que padece cáncer desde hace más de 50 años. La enfermedad y sus agentes activos no son apreciados por casi nadie, claro, pero el hecho tozudo es que el mal ha seguido ahí durante más de medio siglo, como el dinosaurio de Monterroso.

En 2010 se hizo cargo del tratamiento un nuevo grupo de médicos, cuyo jefe no es muy popular. El hombre no suele contar bien lo que piensa hacer, es caprichoso en su selección de colaboradores, parece querer complacer a todo el mundo, lo que equivale a no complacer a nadie, y cambia de opinión con exasperante facilidad. Igual, planeó una cirugía audaz, la realizó y por estos días el grueso del tumor acaba de ser extraído. Se trató de una intervención larga, dispendiosa, llena de momentos críticos, en una palabra, aparatosa. Dada la complejidad del caso no podría ser de otro modo, así se hayan cometido por el camino numerosos errores innecesarios.

La discusión en la sala de espera no ha dejado de ser agitada a lo largo de los tres años y medio que lleva el procedimiento quirúrgico propiamente dicho. Unos, los más desesperados, dicen que nunca se debió realizar. Para ellos el buen médico era el anterior, quien sin embargo apenas logró preparar al paciente para que el riesgo fuera menor. Aseguran los de este grupo que todo va a empeorar.

Otros, más marrulleros, médicos fracasados muchos de ellos, dicen que quizá la operación sí era necesaria —vamos, hasta indispensable—, pero que no había que hacerla así sino asá, de suerte que no se comprometen con el resultado y ven venir pestes. Ante una operación peligrosa siempre hay médicos que dicen que ellos podrían haberla hecho mejor y hay allegados que se quejan de los errores cometidos. Puede que los críticos tengan razón en algunos detalles, si bien existen muy serias dudas de lo que quieran sea lo mejor para el paciente.

En fin, el tumor ha sido extraído en su mayoría, no en su totalidad, pues la metástasis cubría medio país. Serán necesarios no meses, sino años de tratamientos con radioterapia y quimioterapia, e incluso habrá que realizar alguna cirugía posterior. El parte médico, no obstante, es positivo. La rehabilitación del paciente ya comenzó y ha habido una cauta expresión de emoción por parte de su gigantesca familia.

Supongo que a cualquier colombiano le queda fácil reconocer, en su versión multitudinaria, la situación descrita. A mí no me cabe duda de que la hipocresía abunda. Además, la operación ya se realizó y no tiene vuelta atrás. ¿Sirve, pues, la mala leche de una docena de columnistas o el odio de los muchos miles de partidarios del médico frustrado y mal acompañado que al final no pudo operar al paciente? No. ¿Hay garantías de que la operación va a salir bien al final? Tampoco. ¿Puede tenerse, sin embargo, una expectativa razonable de que salga bien? Claramente sí. ¿Importan mucho a estas alturas los rasgos de personalidad del médico tratante? Son lo de menos. Hay, sí, que reconocerle que se jugó su prestigio en el proceso y casi lo deja en la mesa de operaciones.

Tal vez lo que pasa es que muchos de los 48 millones que conformamos el paciente colectivo hayamos padecido una suerte de síndrome de Estocolmo que nos acostumbró a vivir con el cáncer. Ahora, por fortuna, tendremos que encarar un propósito colectivo mejor: acostumbrarnos a vivir sin él. No creo que a la larga nos resulte tan difícil.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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