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Para casi todos es claro que la capacidad de cuidarnos y tener una buena calidad de vida depende de que nuestros pensamientos y sentimientos se armonicen. ¿Para qué? Para que frente a los peligros, ya sean externos, como un desastre natural o la corrupción política; o internos, como una separación o una dificultad de comunicación en la familia, analicemos, pensemos y actuemos serena y equilibradamente en lugar de experimentar ansiedad, ira o confusión.
Sin embargo, en nuestro medio no es raro perder ese equilibrio, sentirnos confundidos, ansiosos e iracundos al ver que los seres que amamos o los líderes sociales pierden el camino y avanzan hacia su propia destrucción y la nuestra, convencidos de que lo están haciendo bien.
Nuestros adolescentes andan por las calles ‘rumbeando’ y sólo se dan cuenta de los riesgos que corren cuando se ven envueltos en situaciones límites. Por ejemplo, cuando amanecen, para su propia sorpresa, en la cama de un desconocido o de una desconocida; o cuando al día siguiente les cuentan las barbaridades que hicieron. O, nuestra clase política que pretende, con ligereza, construir una sociedad democrática haciendo tratos con personas al margen de la ley y sólo se dan cuenta del daño cuando los descubren y, entonces, el peso de la ley recae sobre sus cabezas.
Y claro, tanto ellos como nosotros asustados y amenazados recurrimos al análisis cargados de juicios morales, de lugares comunes o, más grave, llegamos a estar seguros de que la solución definitiva es encontrar el castigo apropiado o una medida represiva, momento en el que ingenuamente suponemos que el problema se acabó. La ansiedad impide que nos preguntemos: ¿Por qué perdimos la posibilidad de ser equilibrados y cuidarnos y frente a las situaciones de riesgo, nos botamos de cabeza?
En primer lugar, porque nuestras tradiciones educativas se enfocan mucho más a fortalecer nuestra preparación académica, en tanto que el desarrollo ético y emocional se mira como algo inherente a la personalidad y no requiere ningún entrenamiento. Se supone que surge con la espontaneidad de un bosque nativo. Pero, cabe anotar que tanto un bosque nativo como el equilibrio emocional no surgen de la noche a mañana, ni en terrenos áridos o desérticos ni ambientes inhóspitos.
La tarea de mantenernos en equilibrio en momentos como los que mencionamos requiere de nosotros una habilidad entrenada y sofisticada, comparable a la que exhibieron los trapecistas que se lanzaron de la torre del edificio Colpatria y aterrizaron en la Plaza de Toros de Santamaría. Una habilidad que se fundamenta en un conocimiento profundo de las propias posibilidades y de las condiciones del contexto, pero, sobre todo, que se sostiene con una conciencia ética alerta, despierta y presente acerca de sí mismo y de las consecuencias que las propias acciones tienen, a corto y largo plazo, en nosotros y en los otros.
Hace tiempo, al conversar con alguien que estaba siendo investigado, éste me decía, con evidente dolor y tristeza: “No sé en qué momento me dejé llevar por la ambición, perdí las dimensiones de lo que podía pasar, de repente me sentí invulnerable y todopoderoso, se me fueron las luces”.
La frase de esta persona, aparentemente madura, no es muy distinta de la de un adolescente que me decía: “No sé qué me pasó, me salí de una fiesta a buscar un cajero automático, es lo último que recuerdo, de repente oí mi celular, me desperté en un lugar desastroso y desconocido teniendo relaciones sexuales con una desconocida y ahora no sé en qué condiciones estoy”.
Lo claro es que no estamos educados para valorar nuestras vulnerabilidades y los riesgos, no nos conocemos ni sabemos sanar nuestras heridas y, a diferencia del equilibrista, no fortalecemos nuestras zonas más frágiles.
Precisamente, al ignorar nuestros dolores emocionales andamos ciegos por la cuerda floja de la rumba y el poder, sin notar que con nuestra ignorancia nos llevamos por delante la propia vida y las de los seres que amamos. Sólo el conocimiento profundo de quienes somos y del desarrollo de la conciencia ética y amorosa nos permitirá dejar de ser peligrosos para la vida personal, familiar y nacional y, entonces, convertirnos en seres verdaderamente valiosos.