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Paz: bienvenidos los hermanos

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Quisiera haber escrito esta columna con balígrafo, la bala reinsertada en forma de argumento: un buen icono.

Y después del estrechón de manos y otros símbolos, continúa el verdadero trabajo por la paz. La labor restante no es solamente de los brillantes negociadores del Estado, ni de las Farc, que ya hacen su parte de la mejor manera. Ahora la responsabilidad recae en los colombianos, pueblo soberano, en un Estado de Derecho. Personalmente respaldo un SÍ rotundo. Hay que creerle al proceso porque no es un invento sino una necesidad de las entrañas, y sólo creyendo en él podemos eficazmente construirlo. Por algún lado hay que empezar a apaciguarnos.

Sigue ahora la tarea de cultivar la compasión, la reconciliación y, sí, el perdón; esa labor cotidiana de cada quien para aumentar sus niveles de tolerancia, aceptación y respeto: “En cambio si se muerden y atacan como fieras, cuidado no terminen devorándose…”. Hay que evitar el lenguaje del odio, el insulto, la descalificación irresponsable del vecino. Tenemos que “dejar de matarnos”, como propone una historiadora en sus charlas recientes; imperativo básico en este momento en el que hay que impulsarse hacia lo nuevo.

La paz de afuera se logra con la paz interior y a esta se llega con disciplinas diarias y reales: recordar que no somos individuos aislados, sino parte de un todo y de una comunidad; escuchar al otro desde el profundo respeto; proponerse un control del corazón y de la lengua que destierre la animadversión y cultive la inclusión. Desde luego, la determinación madura de entender al otro es fundamental. Podemos incrementar nuestra cultura de “no coger lucha”, de “no darse mala vida” y por consiguiente deberíamos reprobar como un acto de pésimos modales el hacernos mala cara o agredirnos.

La paz debe ser un ejercicio con el prójimo: en el bus, en la calle, en el negocio, en el trabajo, en las relaciones familiares. No habrá paz si la violencia intrafamiliar no cesa. No habrá paz si no hay un acuerdo sobre lo fundamental para disminuir la inequidad. No habrá paz si, por desequilibrio ancestral en la tenencia de las tierras, seguimos desplazando a millones de hermanos a los cinturones de miseria de las ciudades en lugar de habilitar un campo seguro, productivo y sostenible que garantice la seguridad alimentaria —como se propone en el acuerdo de La Habana— y más lejos aún, la soberanía alimentaria y el agua que será nuestra riqueza en el futuro del planeta. Por eso hay que aprovechar esta oportunidad afortunada para repensar nuestro país. Lo primero, gústenos o no, es acoger a los compatriotas que dejan las armas. El que no haya tenido asomos de indignación y rebeldía en el injusto mundo, el que no se haya vendido como mercenario a una causa militar o económica para garantizar su subsistencia o el que no haya obedecido órdenes superiores presa del miedo, que tire la primera piedra. Si los excombatientes no encuentran receptividad será error nuestro si, en su vulnerabilidad natural después de las guerras que han vivido, deciden devolverse por el mismo camino que vinieron.

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