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A reinventarnos

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Bienvenidos al escepticismo propio de quienes han visto (vivido) el dolor de la guerra desde los libros, el cine, la cómoda silla frente al televisor.

Son ellos quienes también tienen la lucidez al servicio del loable derecho a dudar. Pero es menester también que ayuden a construir relaciones más equitativas y echarle una mano al país que los dejó en paz, mientras miles morían sin saber muy claramente porqué.

Porque el problema real no está en el carácter colombiano, sino más bien en que esta nueva coyuntura apunta a la desintegración de estas maneras de ser, de actuar, de vivir. Entonces a reinventarnos amigos lectores. Sobre todo, a quitarle sabor tanto al gusto nacional por lo que significan las falsas promesas del dirigente del Centro Democrático, como a la satisfacción del descubrimiento de todos los vacíos ideológicos que posee.

Ni lo uno, ni lo otro es sano, porque siempre nos lleva al extremo y se olvidan los matices tan necesarios en la construcción de sociedades que esgrimen ideas y argumentos antes que balas.

Reinventarnos, digo, para que no nos suceda como al entrar a la sala de cine: sabemos que la ficción es el terreno que pisamos, pero nos relamemos de gusto con la historia que ante nuestros ojos transcurre. Sabemos cuánto daño, cuánta mentira, cuánta ilegalidad le ha aportado al país este señor y sus huestes, pero caemos en su juego y se nos olvida que ha sostenido no una ideología, sino una manera corriente y campechana de enriquecerse.

Porque como afirma Hannah Arendt en su libro Tiempos presentes: “el fascismo añadió al viejo arte de mentir una nueva variante, la variante más diabólica que pueda imaginarse: el mentir la verdad”. Y así ha sido aquí en Colombia, hasta los más enconados seguidores saben que todo es mentira, que los dos gobiernos y ahora la presencia en el Senado han sido una avanzada hacia la construcción de la devastación: columnistas, pedagogos, escritores, profesores, sacerdotes, estudiantes lo saben, lo dicen, lo gritan.

Y la verdad mentida, debe empezar a reinventarse, es decir, poco a poco caerá el velo oscuro que la arropa y este total desamparo y pasividad que nos hace una sociedad en apariencia normal, debe dar paso a la defensa colectiva de los anhelos más elementales que la guerra nos ha quitado sin pudor.

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