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Apoteosis del populismo

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Además de la firma del acuerdo sobre el cese al fuego bilateral y definitivo, entre el Gobierno y las Farc, la otra gran noticia de la semana fue la sorpresiva decisión de los británicos de abandonar la Unión Europea.

La conmoción política y económica ha sido inmensa y seguirá teniendo efectos muy grandes, pues puede llevar a la desintegración del Reino Unido, tal como lo conocemos hoy.

¿Qué llevó a los británicos a tomar semejante decisión? Posiblemente, son dos causas las que, en grado mayor o menor, están generando tensiones semejantes en muchos países del mundo: la globalización y la crisis de la política local en una época de incertidumbre económica.

La globalización ha abarcado no solo a la economía (lo más evidente), sino también al poder político y al Derecho, teniendo como resultado una enorme pérdida de soberanía de los Estados Nación. Aunque ha existido siempre, su crecimiento en las últimas décadas ha sido exponencial. Por dar algunos ejemplos relevantes para nosotros, nuestra política monetaria la dicta ahora la Reserva Federal de los Estados Unidos, los chinos nos inundan con productos que cuestan una fracción de los nuestros, el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas nos impone sanciones, los narcos colombianos son juzgados y cumplen condenas en los Estados Unidos, la Corte Interamericana de Derechos Humanos impide la destitución del alcalde Petro, el precio de la contratación de James Rodríguez lo fija el mercado del futbol europeo, entre muchos otros.

Mientras muchas fuentes objetivas del poder ya no están en la órbita de los Estados, la política electoral sigue siendo local. Elegimos a los jefes de Estado y a los parlamentos, pero ya no pueden tomar muchas decisiones como lo hacían los gobernantes de hace medio siglo. Dicho desbalance no fue muy problemático mientras hubo crecimiento y mayor bienestar. Pero llevamos ocho años de bajo crecimiento, después de la crisis que comenzó con la quiebra de Lehman Brothers, y ese hecho ha sido el caldo de cultivo para que, a nivel nacional, florezcan líderes, partidos y movimientos que prometen la restauración de la soberanía con planteamientos dicotómicos del tipo nosotros y ellos, amigos y enemigos, buenos y malos.

Son discursos y narrativas que, en gran medida, recuerdan las promesas de seguridad, restauración y autonomía que prometieron el nazismo y el fascismo, después de las crisis que siguieron a la primera Guerra Mundial y durante la Gran Depresión de los años 30, en el siglo XX.

El enemigo ya no son los judíos, los gitanos o los eslavos (para los alemanes). Ahora, en el Reino Unido, los enemigos son los inmigrantes y Bruselas; en los Estados Unidos, son los mexicanos, los musulmanes, o los chinos por producir barato; en América Latina, son el neoliberalismo del Consenso de Washington, el imperialismo norteamericano y pronto lo será la OECD. Y, en todas partes, aparecen “libertadores” (como Kirchner, Maduro, Boris Johnson, Nigel Farage o Donald Trump) que acusan a los cómplices o agentes internos de dichos enemigos y amenazas. Es el apogeo de un neopopulismo, de derecha y de izquierda, que amenaza a la democracia liberal y a la seguridad internacional y puede fácilmente devenir en un fascismo de nuevo cuño.

Frente a una globalización que es irreversible, los partidos y movimientos democráticos de todo el mundo tienen que encontrar formas efectivas para enfrentar esta gravísima amenaza contemporánea.

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