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Mientras Colombia ve cada vez más cerca el fin real de su cruenta y prolongada guerra, el mundo mira con indolencia la agudización del drama sirio con sus 250.000 muertos, un millón de heridos, 7,6 millones de desplazados internos y cuatro millones de refugiados en los países vecinos.
No todos los colombianos vemos a Siria como un país distante en la geografía y en el afecto. En mi infancia observaba en las vitrinas de los almacenes de los sirios de Maicao la veneración casi religiosa de la imagen de un hombre de bigotes que después supe era Gamal Abdel Nasser, el gran impulsor del panarabismo y del socialismo árabe.
Nos duele Siria. Figuras de la literatura del Caribe colombiano como el poeta Jorge García Usta, autor del libro de poemas El reino errante, tenían sus ancestros en ese país. El propio García Márquez nos habla en su máxima novela acerca de los comerciantes sirios que vivían y envejecían en Macondo esperando la muerte sentados en sus puertas aunque ya “habían vendido la última yarda de diagonal, y en las vitrinas solamente quedaban los maniquíes decapitados”.
El conflicto de Siria nos toca. Cada drama individual nos lacera. Uno de ellos es el que narra en una carta certera y conmovedora Wahija Darzazanli, quien huyó de Damasco hacia Venezuela. “Mis padres y mis hermanos me vieron empacar en silencio los pocos vestidos, los pañuelos y los mantos con los que me cubro. Escuché un llanto al fondo de la casa, aún no sé quién lloraba. Mi padre no salió a despedirse y mi mamá se quedó parada en el umbral mientras yo avanzaba sin voltearme porque si lo hubiera hecho no hubiera podido salir nunca”.
Wahija huye hacia este país en donde la espera su esposo, pero su viaje de escape solo la lleva a otra guerra. “En Venezuela la guerra es distinta, comienza con el hambre y termina con la inseguridad. Mi esposo hablaba por mí mientras yo aprendía a vivir encerrada en un pequeño cuarto, a cocinar con los pocos alimentos que traía y a guardar silencio. Después el hambre se intensificó con fuerza, tanto que todo lo que ganábamos se iba en un poco de arroz y un trozo de mantequilla. En algún momento pensé que Dios sabía cómo hacia las cosas porque nosotros no tenemos hijos. Luego escuchaba a unos metros de distancia el llanto de hambre de un niño y me sentía mal por haberlo pensado. Nos alimentamos de los mangos de un patio vecino. Desayunábamos, almorzábamos y cenábamos mango hasta que ya no hubo más y mi esposo con mucha vergüenza llamó a su primo en Colombia y le pidió ayuda”.
Hoy Wahija se encuentra en Colombia con pocas horas para que su visa se venza. No tiene un lugar a donde regresar. Ha solicitado refugio ante nuestras autoridades. Ella y su esposo piden “con la humildad de quien migra que nos concedan el reposo de una patria en la que podamos descansar”. Si le es negado el permiso, el único país en el que podrá residir es en el de la incertidumbre.
wilderguerra@gmail.com