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Al enterarse de que en Estados Unidos algunos hombres de negocios que viajan a America Latina se preparan con clases especiales para perder mucho tiempo, un grupo de ejecutivos japoneses a quienes impartía unas charlas sobre cultura hispanohablante, me pidió abordar el tema de la impuntualidad. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Temiendo preguntas exhaustivas sobre nuestra ancestral aversión al reloj, contacté residentes latinoamericanos y españoles para recopilar episodios ilustrativos, como el protagonizado en 2011 por la cantante colombiana Shakira, quien fue primicia en Suiza, la cuna mundial de la precisión, por empezar un concierto una hora y media tarde.
Expliqué el uso de la impuntualidad como ostentación de poder y uno de los presentes mencionó a un funcionario latinoamericano en Tokio que, para horror de su secretaria japonesa, acostumbraba desaparecer varias horas de su embajada sin decir ni adónde iba, ni a qué hora regresaba.
Cité estudios económicos realizados en Chile y Ecuador sobre los estragos de los retrasos en sus respectivos PIB, e hice énfasis en la campaña “Perú, la hora sin demora”, lanzada en 2007 por el entonces presidente Alan García.
Para el pomposo acto de inauguración, García convocó a la prensa con una invitación que, según informó la agencia de noticias AP, llegó dos horas y media después de terminado el evento.
A la pregunta de cómo compaginamos nuestras proverbiales hospitalidad y calidez con el desprecio casi despótico del tiempo ajeno, respondí con la indulgente costumbre española de los “diez minutos de cortesía”, que consiste en iniciar las ceremonias diez minutos tarde en solidaridad con quienes, supuestamente, sufrieron contratiempos.
El legado ibérico, la herencia indígena y la impronta agrícola, figuran entre las razones favoritas de los antropólogos para explicar la percepción latinoamericana del tiempo como una sustancia viscosa que fluye desbordante todo el año sin cambios estacionales de clima, de ropa o de comidas, concluí.
Uno de los asistentes, contó cómo Japón conoció el reloj mecánico en el siglo XVI pero esperó a la llegada del ferrocarril, tres siglos después, para incorporar en la vida diaria la medición continua del tiempo. La aceptación no fue fácil, pero se consolidó cuando un robusto sistema ferroviario se extendió por el archipiélago y hoy un tren con un retraso de segundos puede ser noticia.
La única mujer del grupo comentó que, aunque la educación musical obligatoria en Japón no produce shakiras, inculca en los niños la necesidad de sincronizarse con sus semejantes para lograr buenos resultados en cualquier proyecto colectivo.
Los estragos de la impuntualidad en las reuniones se obtienen multiplicando los minutos de retraso por el número de participantes. La puntualidad nunca alcanza categoría de virtud y todo empieza, como soñó Alan García, a la hora y sin demora.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.