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Donald Trump no será el próximo presidente de EE. UU. No tiene los votos, no tiene las calificaciones, no tiene el talante para unir a un poco más de la mitad de los estadounidenses.
A riesgo de equivocarme por segunda vez sobre las posibilidades políticas del encantador candidato del Partido Republicano (en otra columna lo declaré, muy precozmente, derrotado en la nominación), este es un ejercicio para explorar cómo se podría desencadenar una crisis profunda en la derecha de EE. UU.
Trump pasa por un mal momento. Acaba de despedir a su director de campaña. Fue fustigado, sobre todo por los miembros de su propio partido, por haber dicho que un juez federal de padres mejicanos que lleva un caso en su contra tenía conflictos de interés por su etnicidad. Y su reacción auto congratulatoria a la masacre de Orlando (dijo en Twitter: “Gracias a los que me felicitan por tener razón sobre el terrorismo islámico radical…”) fue visto como bajo, cruel, oportunista y diciente de su falta de capacidad para gobernar en momentos críticos.
Todo lo anterior, más que una cadena de errores o una mala semana, es el reflejo de lo que ha sido hasta ahora su campaña, y la confirmación de que no le va a ser fácil a Trump cambiar. A fin de cuentas, el hombre es auténtico. Esa fue su “salsa mágica” para ganar la nominación: una mezcla de racismo, ignorancia e incorrección política que cautivó a 14 millones de blancos de derecha relegados a los estratos no tan privilegiados del sueño americano.
Pero para ganar las elecciones generales necesita más de 60 millones de votos. Algunas encuestas lo tienen 14 puntos por debajo de Hillary. Necesita ganar en la Florida, Ohio y Colorado, donde hay minorías importantes de negros y latinos, que sobra decir son poco favorables a Trump. Y ni hablar de las mujeres.
Si Hillary Clinton no comente un error garrafal o estalla un escándalo mayor en su contra, sería la primera vez que el Partido Demócrata logra gobernar por tres periodos consecutivos desde Roosevelt en los años 40.
La derrota de Trump sería a la final sólo un síntoma de una enfermedad que los republicanos lograron paliar por última vez cuando Bush le ganó a Gore a principios del siglo. La derecha no puede tener raza. Es una apuesta al poder inviable por pura lógica demográfica en una democracia cada vez más diversa. Una lección que, estirando un poco, debería ser atendida por las derechas de otras democracias.
Pero el estilo de reinvención que necesitarán los republicanos para evitar un eventual segundo periodo de Hillary Clinton no es claro. Para salir del profundo radicalismo nativista que los republicanos han instigado, y que tiene secuestrados a muchos moderados, va a ser necesario un fuerte liderazgo que no está a la vista. Pero si los demócratas fueron los primeros en poner en la Presidencia a un hombre negro y, probablemente, a una mujer, tal vez los republicanos encuentren su excepcionalidad con un latino. Ciertamente en esa demografía los valores de derecha no escasean.