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Fe ciega

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Ha pasado más de un mes desde que comencé a advertirle al senador Barack Obama que se hiciera algún día responsable por la repugnante elección del pastor de su familia. Pero eso no es lo más grave: lo asombroso es que él mismo estaba enterado de ello desde hace al menos 11 meses. “Si Barack va más allá de las primarias”, dijo el reverendo Jeremiah Wright a The New York Times en abril de 2007, “podría verse obligado a distanciarse de mí. Se lo comenté a él y me dijo que sí, que eso podría pasar”.

Hagamos una breve pausa, aunque sólo sea para admirar esta diáfana y calculadora autoconfianza. En otras palabras, el senador Obama ha sabido perfectamente bien, durante mucho tiempo, que algún día deberá poner distancia entre él y un simpatizante del bocón Farrakhan.

Pero entendía que, entre tanto, necesitaba de su “base” en el South Side de Chicago. Así que fríamente decidió que debía cruzar ese puente cuando llegara a él. Y se supone que todos deberíamos maravillarnos frente al sedoso éxito de la maniobra. Se suele decir que cualquier político sería capaz de vender a su propia abuela si eso resultara conveniente para sus intereses. Pero en muy raras ocasiones se observa que esa notable transacción  realmente se lleve a cabo. Y es por eso que me siento levemente sorprendido de que Obama haya logrado librarse tan fácilmente de esa situación. (Aún así, ¿por qué digo que estoy sorprendido? Él  logra librarse de absolutamente toda clase de problemas).

Buscando un equivalente moral al demagogo profesional que piensa que el sida y las drogas son el resultado de una conspiración del hombre blanco, Obama zanjó la situación con una dama de 85 años de edad, Madelyn Dunham, que pasó gran parte de su juventud ayudando a criarlo y ahora vive sola y enferma en un condominio en Honolulu.   Sería interesante saber si su carismático nieto le informó que estaba por ungirla con su gracia y hacerla famosa. Tal vez por un golpe de suerte, ella también podría ayudarlo en la tarea de progreso espiritual.

Este asombroso proceso, creado en base al desparpajo y a la falta de piedad en proporciones iguales, avanza de manera imparable gracias a una falange de periodistas y pastores que le sirven de cómplices. Miren las palabras que se usan para los desvaríos de Jeremiah Wright: “controvertible”, “incendiario”, “inflamatorio”. Estos son adjetivos que podrían haber sido —y fueron— aplicados a muchos oradores elocuentes de los primeros años del movimiento de derechos civiles. (En The Washington Post, el pasado Viernes Santo, el católico liberal E.J. Dionne intentó estirar esa comparación, usando como  ejemplo la retórica contra la guerra de Vietnam de Martin Luther King Jr.).
 
Pero, ¿es “inflamatorio” decir que el sida y las drogas están destruyendo a la comunidad negra porque la estructura del poder blanco lo desea? No. Tampoco es “controvertible”. Es maligno y estúpido y falso decir ese tipo de cosas. Y desmiente todo lo que Obama dice cuando  afirma que  defiende la dignidad y la responsabilidad y está en contra de los cultos enfermos de la paranoia y de la victimización. El mensaje también es impugnado de una manera diferente al tratar de doblegar a Geraldine Ferraro con la ayuda de un mafioso como el “pastor” de la familia de Obama. Tal vez Ferraro sonó avinagrada cuando dijo que había ventajas políticas en ser negro en  Estados Unidos. Lo mismo dijo de Jesse Jackson en 1984. Pero podría replicarse que tal vez lo que ella dijo es de hecho cierto. E inclusive, si es falso, es absurdo intentar clasificar sus palabras como un señalamiento racista.

Sin duda la gente de Obama está buscando vengarse porque debió echar a la ex asesora de política exterior Samantha Power (que, por cierto, debería haberse quedado pues en Gran Bretaña pronunció útiles y audaces verdades). Y la solución fue cubrir su propia cobardía en el caso al fingir indignación por el asunto de Ferraro. La consecuencia, que ya se puede sentir, es un resentimiento incipiente entre muchos votantes blancos que temen ser acusados de intolerantes por un hombre que se asocia con Jeremiah Wright. Entonces, volvemos a  cero. ¿Esta es la fresca, limpia, nueva política postracial?

Ahora bien, ¿a través de qué orificio se filtra este veneno en nuestra corriente sanguínea? ¿En qué sitios el tribalismo y la ignorancia se incuban de la manera más habitual? ¿Desde qué plataformas son proferidos? Si usted contestó “las iglesias” y “los púlpitos”, ofreció dos respuestas acertadas. El Ku Klux Klan (originalmente un movimiento de identidad protestante, como muchos prefieren olvidar) y la Nación del Islam (una mutación sectaria negra de las enseñanzas del Corán) pueden ser débiles en la actualidad. Pero el fanatismo de todo tipo está disponible a manos llenas y es inculcado entre los niños por cualquier persona capaz de concretar la fácil hazaña de poner “reverendo” delante de su nombre.

Y esta vileza clerical ha alcanzado ahora el punto de desfigurar la campaña de los dos candidatos que lideran las encuestas para alcanzar la presidencia de Estados Unidos. Si usted piensa que Jeremiah Wright es repugnante, espere a enterarse de las palabras de otro “reverendo” de Chicago, un tal James Meeks, otro horror del espectáculo del South Side, que además se dedica a denigrar a los homosexuales. Senador estatal por Illinois, también Meeks ha sido partidario de Obama. Y su iglesia ha sido la ocasional destinataria del patrocinio de Obama. Y tal vez también él pueda ser calificado de “controvertible” por su uso del término house nigger (negro de la casa) para describir a aquellos que no le gustan y por su aserción de que fueron “los judíos de Hollywood” quienes nos trajeron el filme Brokeback Mountain (cuya trama es el amor entre dos cowboys).

Mientras tanto, el candidato republicano John McCain se adorna con otros dos reverendos: John Hagee, que piensa que el Papa es el Anticristo, y Rod Parsley, quien ha declarado que Estados Unidos tiene la misión de aniquilar al Islam. ¿Es concebible que este tipo de repelentes payasos sean tolerados porque lucen ropas de pastor y porque gracias a eso no pagan impuestos? Qué cierto es que la religión envenena todo. Y qué vergüenza. Presumo que ustedes tengan sus copias de The Audacity of Hope (libro escrito por Barack Obama). Si  van hacia el capítulo titulado “Fe”  verán que  Obama informa que carece de una profunda creencia religiosa. Lo que ocurre es que en su juventud, en Chicago, sintió que necesitaba adquirir algún credo espiritual “callejero”.

El más vergonzante respaldo del mismo punto de vista llegó la semana pasada, cuando Abigail Thernstrom escribió un artículo en el National Review Online. Rendida de admiración por “el discurso” que el divino había dado en Filadelfia, Thernstrom nos pidió que fuésemos comprensivos. “La descripción de Obama de los feligreses en su iglesia le dio a la audiencia blanca un vislumbre de un mundo de fe (con ‘risas estridentes y a veces impúdico humor’) que han sido los medios principales de la supervivencia e inspiración negra”.

¿Un vislumbre? ¿Qué demonios es eso? ¿Un tributo al sentido del ritmo afro-americano? Haber aceptado las suaves disculpas de Obama significa bajar los estándares preexistentes de lo que podría constituir un futuro post-racial o post-racista. Es como poner esperanzas sobrias y realistas en manos inescrupulosas, que no inspiran confianza alguna. Y es haber hecho todo eso, al servicio de una fe ciega. Marquen mis palabras: esta decepción es la primera de muchas otras que vendrán.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. c.2008 WPNI Slate.

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