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El dilema de Íngrid

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Cuando Íngrid Betancourt recobre su libertad, seguramente se verá enfrentada a un gran dilema: ser fiel a su independencia política o actuar para mantener su altísima favorabilidad en las encuestas. Porque es posible que Íngrid no vaya a coincidir con el estado de ánimo nacional, con ese huracán de pasiones contra las Farc y Hugo Chávez que caricaturizó la escena política, homogenizó a la opinión pública y arrasa con toda opinión contraria.

El mismo fenómeno que durante cinco años la condenó a ella al olvido, y a su familia al rechazo. El mismo que sólo la acogió cuando su foto y sus palabras llenas de sabiduría se convirtieron en un instrumento contra las Farc. El mismo que deshumanizó el canje de secuestrados y convirtió la guerra en un botín político.

Porque si Íngrid, fiel a su estilo vertical de hacer la política, llegara a optar por una posición de rechazo por igual a las Farc y al gobierno Uribe, y de defensa de la salida política del conflicto armado, correría el riesgo de perder buena parte de la favorabilidad que tiene actualmente en las encuestas. Una favorabilidad que podría aumentar a los niveles del Presidente si al momento de su liberación optara por alimentar la percepción triunfalista frente a las Farc.

Expreso estas inquietudes con el mayor respeto por Íngrid. El mismo con que la admiré y alabé desde las épocas en que era impopular hacerlo, en la convicción de que es un personaje indispensable en un sistema político como el colombiano, tan carente de líderes morales. Y lo hago para destacar la enorme proporción histórica que tendrá su liberación. Porque Íngrid Betancourt no es sólo la persona con mayor potencial de crecimiento en materia de favorabilidad de la opinión pública en Colombia, sino también el faro que el mundo entero observará con interés y admiración en el momento de su liberación.

Pero en ese potencial enorme radica el dilema político para Íngrid. De la posición que asuma en los primeros días de su liberación dependerá el desenlace del destino histórico que tomó el día que escribió, desde la selva, esa carta a su madre que conmovió al mundo y resaltó su enorme estatura política y moral. Desde el primer instante de su libertad, los oídos del mundo estarán atentos a cada una de sus palabras, y la imagen internacional del Presidente y de las Farc, en sus manos. Un enjuiciamiento suyo contra Uribe sería demoledor para él internacionalmente, y para ella internamente.

Frente a la apuesta de Uribe con las Farc, quedan las mismas alternativas que han tenido los precandidatos presidenciales norteamericanos frente a la lucha de George W. Bush contra el terrorismo en Irak. La de apoyo irrestricto, de Rudolph Giuliani. La de apoyo crítico de John McCain. La de crítica luego de haber aprobado la invasión, de Hillary Clinton. Y la de crítica permanente de Barack Obama, que se opuso a la operación en Irak desde el principio. Para los tres primeros, su apoyo a la guerra es quizás el mayor obstáculo para llegar a la Casa Blanca. Mientras que la visión y el valor político que demostró Obama, cuando parecía un suicidio político contradecir el ánimo nacional luego del ataque a las Torres Gemelas, es la razón que desencadenó el fenómeno que lo catapultó al primer lugar en las encuestas frente a Clinton y a McCain. Porque, como dice Obama, es más importante estar en lo correcto desde el primer día, que estar listo desde el primer día, refiriéndose al alarde de experiencia de sus contrincantes.

A diferencia del caso norteamericano, no conocemos cómo será el desenlace de la guerra contra las Farc. Si éstas desaparecerán por el embate militar del Gobierno, o prevalecerán gracias al apoyo regional. Por eso Íngrid tendrá la difícil disyuntiva de apostarle pragmáticamente al desenlace más posible del conflicto armado, o de apegarse a sus convicciones políticas. La lógica elemental indicaría que el camino más conveniente políticamente para ella sería el de la moderación para no contradecir el sentimiento de las mayorías.

Si optara por una posición crítica del presidente Uribe, podría enarbolar las banderas de la búsqueda de la paz sin que pudiera hacérsele ningún cuestionamiento. Porque nadie podría acusarla de cómplice de las Farc, ni de víctima del síndrome de Estocolmo. Y si la historia llegare a darle la razón, se convertiría en un agente vertiginoso de cambio en la sociedad colombiana. Como Barack Obama. Como seguramente ella sueña desde la selva.

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