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Sobre ser cliente en Colombia, los señores Slimes, Claro y otros atracos corporativos.
Contando lo de uno cuenta uno el mundo. En enero recibí una llamada del departamento de “Retenciones”, así se llama, así de violento, de Claro. Aparte del escatológico nombre que de inmediato lo hace sentir a uno una mierda, los oí, querían que no cancelara mi servicio. Dije “Claro, se está portando mejor. Notó el hastío de los millones de Colombianos que ponemos nuestro bolsillo a su disposición”. Para mi “retención” prometieron dejarme internet por 30.000 pesos, módem nuevo. ¡Oh!, Dios… el señor Slim se ha vuelto loco… Pero todo lo contrario. Eso sí: increíblemente llegaron a los dos días, ¡como lo habían anunciado!, instalaron un módem nuevo, me hicieron firmar un papel que no tenía precios por ninguna parte pero que certificaba la instalación del servicio que empezó a fallar desde ese mismo día. Pero que andaba. Como estamos acostumbrados a que los servidores nos sirvan los colombianos: como a sus sirvientes. Que quedara funcionando les parecía un éxito: como cuando nuestros ingenieros inauguran puentes “¡con peralte y todo!”, como si fuera una ñapa, como si hacerlo bien fuera un acontecimiento extraordinario. Sin saberlo, sin que me lo dijera nadie, lo que estaba firmando era un nuevo contrato, engañado por Claro (como lo sugirió la misma compañía en mi última visita a sus funcionarios: fraude).
Llega el primer recibo por 77.000 pesos. Más del doble. Decido no pagar: jamás me había atrasado. De nuevo me sentí como un oso tonto en una trampa vieja. Si se llaman “Claro”, es una explicación no pedida. Eso que repiten mis versículos del Tao: “Solo un hombre inmoral habla de la moral”. Si se llama Claro a sí mismo es aceptar tácitamente que es oscuro, turbio, siniestro. Pasaron 3 meses y la deuda creciendo y tras 5 quejas oficiales, pqrs (cualquier colombiano víctima de Claro (no tiene clientes, tiene víctimas) sabe lo que es el tal pqr), cada una tomando 21 días hábiles, donde los propios operadores de Claro aceptaban que el 5 de Febrero se me hizo la oferta de los 30.000 pesos, pero que como firmé fue un nuevo contrato, sin que me consultaran, no se podía hacer nada. En sus respuestas oficiales, de manera muy diplomática además me llamaban mentiroso, lo que más reforzaba mi ánimo de David de apedrear a Goliat: su técnica es desgastarlo a uno en el intento, para que sucumba, y entregue su dinero, a las buenas, claro. Legal, claro.
5 veces aceptaron las evidencias, me aseguraban que yo tenía todo ganado, y luego cinco veces las negaron y, al contrario, empezaron a amenazarme con cobro jurídico, reportarme a las centrales de riesgo, acosado por todos los medios: teléfono, mensajes, correo, etc: terrorismo corporativo y comercial. Ahí les funcionó. Si a algo le temo es al sistema, a los litigios. Mareo. Vómito. Corra a pagar. Menos mal me dieron su valiosa palabra: “pague que si usted tiene razón le devolvemos su dinero”. Pensé con mucho amor al señor Slim y fui a pagar.
Finalmente bajé de la montaña para ir a uno de esos inhóspitos e indeseables centros de servicio al cliente a poner la queja de frente, así no tenía pierde. Me atendió una mujer embarazada, en buena onda. Consultó a su compañero quien me recomendó que lo mejor era hacer escándalo público en el “feis” de Claro, y yo como no tengo sino uno “empresarial”, con cerca de 50.000 seguidores de las películas que he hecho, pensé que era una exageración violenta y que iba a seguir el camino del Derecho de petición. Me parecía tan obvio y evidente que yo tenía la razón; que era solo ver y ellos entenderían que uno no es tan imbécil, teniendo ya otro servicio contratado, de quedarse con alguien que le dice que le cobra 30 por algo y luego firma feliz por un cobro de 77. Para ellos no es evidente, dicen “sí, le prometimos eso, pero le dimos otra cosa que es la que quedó”, así.
Entonces me puse a pensar que esto es un vil atraco. Me roban más de 37 mil pesos por mes. Tal cual, como si me parara el señor Slim con un cuchillo, y me dijera, cada mes “quiubo pues, o lo sapéo con los duros”, que no son sus jefes, sino sus subalternos: las instituciones. Pero no debí imaginármelo así. Jamás veré a un noticiero persiguiéndolo como a los ladronzuelos de las ciudades de Colombia. A la larga un atracador es un valiente que se está peleando el pan, no el primer lugar de la clasificación de Forbes. En esas listas solo hay cobardía. Su bienestar se basa en el malestar de muchos. En cualquier caso la empresa atraca, a su modo morrongo, facilitado el procedimiento por el sistema: un atraco multitudinario, masivo, como con un cuchillo inmenso.
Claro tiene 30 millones de usuarios (esto a Julio de 2015). Si roba a cada usuario mil pesitos mensuales, puede obtener una utilidad por astucia de 30.000’000.000, treinta mil millones de pesos, cada mes: como ganarse el baloto cada semana, dos veces, y con absoluta certeza. Nadie se va a poner a pelear los mil pesos. El desgaste compra el honor. A mí me arde darle a alguien que le sobra, que le sobra en grande, cuando muchas veces ni damos una moneda al cuidacarros o una propina al mesero. Darle y a las malas. Si roba dos mil pesitos, duplíquelo y así. Mi atraco mensual es de 37.500 pesos. Si ese fuera el promedio, ni hablar. Y eso que mientras les escribo me llegan mensajes a mi celular de servicios que no pedí y que amablemente me cobran y para los que tengo que dar otra pelea, si los quiero eliminar. Que agotamiento. A eso juegan. A agotarnos. A no poder pensar: pague o pierde.
Y así tantas empresas, tantos gerentes. Entorpeciendo la vida. Obligando a perder horas y horas al teléfono, oficializando que uno es otro más de sus empleados pero sin sueldo, al contrario, jugándose los recursos de uno: atracado en el principal recurso que tenemos: nuestro tiempo. Burlándose de nosotros en las filas eternas en carcajadas silenciosas de cajas vacías, sin quién atienda, jugando a la burla, al maltrato, gozando de total impunidad en su papel de inversores, gestores del desarrollo, y amigos de los dueños de la finca en cada turno. Sus empresas o carteles o ejércitos de atracadores, tienen una primera línea, carne de cañón, contra la que el colombiano promedio tira sus cuitas, un muro de lamentos, un call center (en efecto es para llamar, no para solucionar) hechos de operadores con trabajos y sueldos miserables, que detienen los gritos, insultos, mala energía, como un malecón. Personas como la operaria embarazada, con su niño al frente, recibiendo toda la rabia de la impotencia, y las esquirlas de las piedras lanzadas en vano contra los Goliat de Forbes y sus secuaces.
La justicia es para los de ruana, se dice en este país. Lo peor es que la injusticia también. La Ley, ante la que se paró Kafka, la Ley Colombiana, que no la habría podido imaginar él, parece consistir en una serie de mecanismos y piñones que permitan procesos, donde abusos, atracos, humillaciones, mentiras, funcionen perfectamente dentro del marco de lo legal. Bajo el dopaje de los impuestos que las grandes empresas aportan a la maquinaria del Estado, aparte de sus aportes directos a sus causas particulares. Cuando el monstruo se hace incontrolable entonces es puñal de doble filo y es capaz de atracar al mismo estado. Al que crió los cuervos, al que le puso la mesa, el alimento, las condiciones. Abusa y se niega a pagar condenas y multas, lo pone también en ridículo, a caminar en calzoncillos, sin zapatos. Este sistema de atracos corporativos desespera al ciudadano, lo amarga de impotencia, pero desnuda al sistema entero. Somos hormigas, de este hormiguero. Allá adentro, lejos, disfrutan el zángano y la reina.