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En 1943, poco antes de la liberación de París, Albert Camus publicó en la Revue Libre la primera de sus “Cartas a un amigo alemán”. La segunda se publicó en 1944 en los Cahiers de Libération; las otras dos, inéditas durante la guerra, se acabaron publicando en un pequeño volumen unos años después.
Leídas en conjunto, las cartas son uno de los intentos más impresionantes (y más genuinos) por asumir una posición moral con respecto a la guerra, por entender la importancia —nuevamente: moral— que tenía ganar la guerra contra la Alemania nazi. Las cartas se escribieron en la clandestinidad, explica Camus en el prólogo, y no tuvieron más fin que el de ayudar a ganar la guerra. Muchos documentos similares se han quedado anclados en su momento; no pasa lo mismo con estas cartas, que leídas ahora, 65 años después de que se escribiera la primera de ellas, conservan una actualidad descarnada y casi brutal, como si hubieran aparecido en el periódico de ayer.
Camus le escribe a un alemán con quien, según entendemos, tuvo hasta hace poco una relación de amistad, pero desde la primera carta ya le está explicando por qué esa amistad no es posible. “La grandeza de mi país no tiene precio”, le había dicho el alemán. “Todo lo que pueda consumarla es bueno”. Camus le responde: “No puedo creer que haya que someterlo todo al fin que uno persigue. Hay medios que son inexcusables. Y me gustaría poder amar a mi país al mismo tiempo que amo la justicia”. Los amigos comienzan a separarse; el alemán acusa a Camus de no amar a su país. “No, no lo amaba”, responde Camus, “si no amarlo es denunciar lo que no es justo en lo que amamos, si no amarlo es exigir que el ser amado se conforme a la idea que tenemos de él”. Dejando de un lado los vuelos líricos, lo que Camus le dice al amigo alemán es muy sencillo: estamos en guerra, sí. Pero el fin no justifica los medios.
Por supuesto que las palabras de Camus dicen mucho más. Nos recuerdan, por ejemplo, que en las sociedades civiles (en esas sociedades que a veces podemos llamar civilizadas) el hombre tiene el derecho, y acaso la obligación, de exigir que su país se comporte de un determinado modo, o de repudiarlo cuando no se comporta a la altura de las ideas que dice defender. Lo cual, como se dará cuenta el lector, es una de las denuncias más eficaces de los nacionalismos baratos que todos los días llaman traidor a cualquiera que se atreva a levantar la voz contra su propio gobierno. Pero lo que me interesa en este momento es otra cosa.
En la última de las cartas Camus comienza diciéndole al amigo alemán: “He aquí el momento de su derrota”. Y más tarde: “A pesar de ustedes mismos, los seguiré llamando hombres. Para ser fieles a nuestra fe, estamos obligados a respetar en ustedes lo que ustedes no respetan en los demás. Durante mucho tiempo ésta fue para ustedes una ventaja inmensa, pues ustedes matan con más facilidad que nosotros. Y hasta el fin de los tiempos esto beneficiará a todos los que son como ustedes. Pero hasta el fin de los tiempos nosotros, que no somos como ustedes, daremos testimonio para que el hombre, por encima de sus peores errores, reciba su justificación”. La sociedad civilizada sólo puede mantenerse, para Camus, conservando la fidelidad a los principios que la han fundado; si esos principios se pierden de vista, ese “nosotros” deja de diferenciarse de ese “ustedes”; o, para usar la oposición más a mano, la civilización deja de distinguirse de la barbarie.
El sábado pasado George Bush vetó la ley que prohibía a la CIA ciertos tipos de tortura. Restringir a los interrogadores, dijo, los debilitaría en la lucha contra Al-Qaeda. Todo el mundo civilizado necesita y quiere defenderse del fundamentalismo islámico. Pero hay cosas a las que no se puede renunciar al hacerlo. Hoy, como hace sesenta y tantos años, hay medios que son inexcusables.