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“Saudades” brasileñas

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Seguramente ustedes ya lo analizaron: los últimos resultados futbolísticos coinciden con las operaciones del Fifagate. En la medida que perdieron poder los grandes popes del fútbol suramericano, unos porque están muertos, otros presos y algunos inhabilitados de por vida, los equipos del sur del continente dejaron de ser los mejores y los ganadores.

Con Texeira y Havelange vivos, seguramente el juez Cunha nunca se hubiera atrevido a convalidar un gol con la mano, como sucedió con la eliminación de los brasileños a manos de Perú. Tampoco Uruguay hubiera sido víctima del arbitraje funesto contra México.

Es claro que algo está cambiando y que ya no se gana de camiseta y que los árbitros se siguen equivocando a favor de los grandes, pero no tienen esa inmensa presión que significa pitarle equivocadamente a Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina.

Brasil se fue de la Copa América porque sencillamente es una sombra de los seleccionados auriverdes de antes. Sin Neymar y sin Douglas Costa, los de Dunga fueron equipo del montón, previsible, lento, sin chispa, sin creatividad. Un equipo chocador, rompedor, con algunos toques por abajo, pero sin fluidez en el juego. Sin los Fernandinhos y Luis Gustavos para pegar patadas, tampoco sus reemplazos, Renato Augusto o Lucas, pudieron evitar el bochorno de ser simplemente unos quitadores de pelota con poca visión de juego colectivo y, fundamentalmente, sin capacidad para crear juego desde la media cancha.

En Brasil se suceden los técnicos uno a uno y ninguno logra estabilizar el barco. Mano Meneses llegó a resolver los desaguisados de Luiz Felipe Scolari; Dunga a corregir los fallos de Meneses, y así, ninguno ha encontrado forma de restablecer el jogo bonito y la idea del fútbol bien jugado.

Una frase de Menotti resume el presente brasileño: “Puedes perder un partido, un campeonato, pero nunca puedes perder la identidad, el camino, la ruta a seguir”. Y Brasil hace ya mucho tiempo que no sabe a qué juega, que no es tocador, que no respeta la bola, que piensa más en los defensores pegadores y los mediocampistas rústicos que en artistas. Desde que impera la ley del resultadismo, a Brasil se le perdieron los papeles y, fundamentalmente, el juego.

Jugó mejor que Perú, creó cuatro pelotas de gol, convirtió a Gallese en la gran figura del partido, anotaron siete goles y sólo recibieron dos, uno con la mano, pero las cifras no sirven para esconder la realidad: ya están en casa, consumando un nuevo fracaso histórico del que fue el fútbol más admirado y querido del mundo.

Sólo saudade, muita saudade, produce hoy Brasil.

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