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Dentro de unos meses se cumplirán setenta años de uno de los accidentes más importantes de la literatura latinoamericana. Era la Navidad de 1938, y Jorge Luis Borges iba subiendo una escalera cuando sintió que algo le rasgaba la frente. Habían pintado una ventana; alguien la había dejado abierta, sin duda para que se secara, y el filo le causó a Borges una herida que tardó muy poco en infectarse. "Durante una semana no pude dormir", contaría él mucho después, "sufrí alucinaciones y tuve mucha fiebre. Una noche perdí el habla y tuve que ser llevado al hospital para una operación de urgencia. Me amenazó una septicemia, y durante un mes estuve, sin saberlo, entre la vida y la muerte". Entre los resultados de todo aquello hay dos en particular que me interesan. Pues, si Borges no se hubiera raspado la cabeza con la ventana, probablemente no contaríamos hoy con dos de los más grandes cuentos de la lengua española.
El primero es uno de los cuentos más conocidos de Borges, y, según ha dicho él mismo, el primero que escribió. Mientras se recuperaba en el hospital, Borges llegó a temer que la infección o los tratamientos hubieran afectado sus capacidades intelectuales. Hasta entonces había publicado varios libros de poemas y de ensayos, pero nunca se había atrevido a meter la mano en el mundo de la ficción. Y su razonamiento fue muy sencillo: "Pensé que si ahora intentaba escribir otra reseña, y fracasaba en ello, estaría perdido intelectualmente, pero que si lo intentaba con algo que realmente nunca hubiera hecho antes, y fallaba en eso, no sería entonces tan grave y hasta podría prepararme para la revelación final. Decidí que intentaría escribir un cuento". El cuento es Pierre Menard, autor del Quijote, cuyas páginas pusieron patas arriba la literatura latinoamericana y hoy son estudiadas o torturadas en todas las universidades del mundo.
Pero el efecto del accidente no se detiene ahí. Pocos meses después, Borges escribiría la historia de Juan Dahlmann, descendiente de un pastor protestante y también de un militar argentino, que una tarde consigue un ejemplar especial de las Mil y una noches y, por impaciencia, decide subir las escaleras en lugar de esperar el ascensor. "Algo en la oscuridad le rozó la frente", leemos. Dahlmann se da cuenta de que está sangrando. "La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y a partir de aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de las Mil y una noches sirvieron para decorar pesadillas". Lo que sigue -la entrada de Dahlmann al sanatorio y su salida de él, el viaje a una estancia al sur de Buenos Aires, lo que le pasa antes de llegar a esa estancia- es la trama de El sur, que es para Borges su mejor cuento, y yo estaría de acuerdo si eso no fuera injusto con otras diez o quince obras maestras. Entre ellas, claro, Pierre Menard, autor del Quijote.
Ninguno de los dos cuentos (ni la aventura de Pierre Menard, que intenta reescribir el Quijote palabra por palabra, ni la de Juan Dahlmann, un cuento fantástico que no lo parece por ninguna parte) habría existido si a finales de 1938 Borges no hubiera estado a punto de morir de una septicemia. Eso es evidente. Lo que no lo es tanto, y sin embargo es también posible y aun más aterrador, es que sin el accidente Borges tal vez no hubiera escrito cuentos. Y hoy leeríamos a un gran poeta que también era un gran ensayista, un poco como leemos a Octavio Paz. Pero yo, por lo menos, no me imagino un universo sin Emma Zunz, sin La muerte y la brújula, sin El Aleph, cuentos que han formado a varias generaciones de los mejores escritores del mundo. Por fortuna tenemos esos cuentos, y los seguiremos teniendo. Y todo porque alguien dejó abierta una ventana.