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Firmin es la primera novela de Sam Savage, doctor en filosofía de la Universidad de Yale, y presumiblemente un lector voraz que vive retirado en Madison, Wisconsin. Por sus fotos uno podría aventurar que Savage es una especie de ermitaño cuya principal virtud ha sido regalarnos a los lectores uno de esos libros raros, espléndidos, lleno de guiños a la literatura, que no aparecen sino cada cierto tiempo.
La novela es un homenaje a la lectura y a la soledad que supone alejarse para creer que es posible habitar mundos distintos a este. Y no lo digo en el sentido de la fantasía, ni en el de la imaginación, sino en el de la posibilidad que entraña toda lectura: la de convertirse en otro. Se trata de la historia de una rata nacida en los años sesenta en la zona de tolerancia de Boston, en donde cohabitan la putas con los cines porno, a la par de las librerías de viejo, o los escritores en decadencia. Firmin, por una extraña razón, es distinto a sus once hermanos: en vez de alimentarse de las sobras y de vivir en la medianía, descubre una vieja librería. Así que desde muy temprano esta rata discordante crecerá devorando páginas de libros, y saboreando papeles diversos. De esa manera, conocerá el sabor del Londres de Dickens, las calles solitarias de la París de Baudelaire, los mares de Melville o las explanadas solitarias de La Mancha y El Quijote. Gracias a ese alimento, a roer esas páginas cargadas de sentido, Firmin descubrirá, no bien pasa el tiempo, que también ha aprendido a leer por una suerte de contagio de contera: ha contraído una bibliobulimia y se ha convertido en un hipertrofiado léxico.
Así, el buen Firmin abandonará la madriguera habitada por Flo, su madre borracha, y sus once hermanos, y se instalará, durante un buen tiempo, en la librería de viejos Libros Pemroke, regentada por quien se convertirá en su primer amor humano: el librero Norman Shine. Y ahí, en ese mundo habitado por libros de todas las especies, de todas las nacionalidades y colores, Firmin conocerá no la felicidad, no, sino en cambio, la profunda soledad de ser distinto a los demás.
Podría pensarse que la metáfora de Savage es bastante obvia al escoger a una rata, la más deleznable de las criaturas, para erigirla como el símbolo de esa diferencia que se supone arrastran los lectores consumados. Pero no es así. Creo que el principal mérito de la novela es que está cargada de una profunda ironía. Dice todo lo contrario a lo que podría ser un elogio fácil de la lectura. Savage escoge el camino más difícil. Sus personajes, después de los homenajes iniciales, son lo que son: amargados, solitarios, a veces egoístas y humanos. Quien nos descubre esas máscaras, esas vanidades que se supone son bondades, es esta pequeña rata que deambula por la soledad de sus covachas. Savage escoge cambiar los papeles y convertir en ratas a los hombres y a una simple criatura en alguien dotado de una profunda mirada no por benévola, sino por crítica.
Firmin conocerá el sinsabor de la derrota a través de otro maravilloso personaje: el escritor de ciencia ficción Jerry Magoon, un marginal que después de publicar una novela de cierto renombre dentro del mundo de la serie B, ha caído en desgracia. Esa amistad, forjada en la decadencia, será definitiva para comprender un relato que va más allá de un divertimento sobre libros y lectores.
Quien lea esta novela no quedará impune. La sensación, tras cerrarla y aventurarse a escribir sobre ella, o simplemente recrearla una y otra vez en la imaginación, será que Savage nos ha regalado un puñado de personajes, y un protagonista con la suficiente fuerza, para que no podamos olvidarlo.
Firmin, Sam Savage, Seix Barral.