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Revaluación insostenible

Eduardo Sarmiento
18 de febrero de 2008 – 04:58 p. m.

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Luego de las medidas de reducción de las tasas de interés en Estados Unidos, el tipo de cambio se revaluó 10% en los últimos tres meses, en términos reales. Sin duda, se ha llegado a una situación insostenible. Las empresas productoras de confecciones han entrado en un proceso acelerado de deterioro que se refleja en cuantiosas pérdidas y caídas de las cotizaciones en la Bolsa.

Las empresas manufactureras se convierten en maquiladoras, en donde la mayor parte del producto se adquiere en el exterior. Las exportaciones a Estados Unidos caen y las importaciones continúan disparadas. Si a esto se agrega las medidas de control de cambios en Venezuela, que ya se reflejó en los automóviles y las confecciones, la economía se torna altamente vulnerable. El déficit de cuenta corriente terminó el año en cerca de 4% del PIB y tiene todos los visos de superar el 5%.

Las decisiones adoptadas en los Estados Unidos para detener el desplome de la Bolsa tienen serias repercusiones sobre la economía mundial. La medida significa un aumento de la liquidez, que no entrará a la economía estadounidense sino se desplazará al resto del mundo ocasionando presiones de revaluación. Los países quedan enfrentados a dos posibilidades. Una, aceptan la liquidez y validan la revaluación del tipo de cambio; dos, adoptan políticas monetarias y fiscales para evitarlo. Los primeros experimentan una profundización del déficit de cuenta corriente y los segundos afrontan presiones inflacionarias y recesivas.

La experiencia de la década del noventa constituye una evidencia de que en las crisis mundiales y nacionales los peor librados son los países deficitarios. En el momento en que se presenta una contracción de la liquidez mundial o se reduce el acceso a los mercados internacionales para financiarlos, se presenta una devaluación masiva que eleva la tasa de interés, ocasiona crisis cambiaras y financieras y termina en recesión.

Así ocurrió en Asia en 1997, en América Latina al final de la década del noventa y principios de 2000, y ahora en Estados Unidos. La mayoría de los países han entendido la lección. Por eso, es de esperarse una acción generalizada para evitar la revaluación y la ampliación del déficit de cuenta corriente. En tales condiciones, las presiones de revaluación recaerán sobre los países que apuestan al déficit de cuenta corriente y pueden llegar a magnitudes insospechadas y conducir a estados devastadores.

De tiempo atrás el país se alineó en el grupo de los países con déficit en cuenta corriente y en los últimos años lo ha acentuado con la política de elevar las tasas de interés para regular la inflación. En la actualidad los inversionistas obtienen recursos al 3% en Estados Unidos y los colocan al 9,5% en Colombia.

Infortunadamente, no se advierten visos de sensatez para detener o invertir el manejo. El gerente del Banco de la República anunció su propósito de continuar subiendo la tasa de interés en la próxima sesión de la Junta. Por su parte, el Fondo Monetario Internacional en la última visita al país respaldó el manejo y recomendó complementarlo, con una reducción del déficit fiscal, lo que provocaría una severa contracción de la demanda y de la actividad productiva. En cierta manera, se replicaría el manejo de 1999, cuando el alza de la tasa de interés y la reducción del déficit fiscal, en un marco de déficit en cuenta corriente, precipitó la economía a la peor recesión del siglo.

Infortunadamente, el FMI luego de veinte años de desaciertos a lo ancho y largo de la humanidad, no ha sentado cabeza para refrescar sus concepciones y recetas. Sus economistas no han logrado separarse de las creencias de que la inflación es un fenómeno monetario y el déficit en cuenta corriente y la revaluación una secuela fiscal. Por eso, la receta de subir las tasas de interés y reducir los déficits fiscales muchas veces resulta peor que la enfermedad y está desacreditada.

Las cosas son muy distintas si se reconoce que tanto la inflación como la revaluación son fenómenos externos. En el entendido de que los problemas se deben resolver donde se causan, hay que detener los ingresos de capitales mediante la intervención del tipo de cambio y la aplicación de controles directos, y moderar la inflación con acciones selectivas. De esta manera, se lograrían los propósitos de elevar el tipo de cambio y moderar la inflación, sin  introducir grandes traumatismos en la actividad productiva.

Con frecuencia se dice que América Latina está mejor dotada en sus fundamentos para enfrentar la crisis mundial. Las economías disponen de altos niveles de reservas internacionales, han elevado la participación de las exportaciones y operan con bajos déficits fiscales y cambiarios.

Si bien en ello hay algo de cierto, de ninguna manera es suficiente. Las economías de la región están fundamentadas en las mismas teorías, instituciones y políticas que condujeron a las crisis financieras y cambiarias y las recesiones de los últimos quince años. Así no sea elegante decirlo, están expuestas a replicar los errores del pasado.

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