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Se equivocan quienes minimizan las tortuosas jugadas del presidente Chávez con el argumento de que se trata de un loquito lenguaraz.
Es cierto que sus comportamientos son extravagantes, que tiene un lenguaje ofensivo carente de las más elementales normas que imponen el respeto y la urbanidad, que incurre en comportamientos que rompen reglas milenarias de diplomacia, que interviene unas veces en forma descarada y otras solapada en asuntos internos de sus vecinos con el ánimo pendenciero de crear conflictos, que tiene un temperamento voluble y una capacidad de mimetización ideológica que hace difícil encontrar una mínima coherencia en sus actuaciones. Todo eso es cierto.
Pero se equivocan quienes le dan poca importancia a sus amenazas calificándolas simplemente como acciones pintorescas que caben en el terreno del perro que ladra y no muerde.
Detrás de cada actuación de nuestro vecino hay una estrategia fríamente calculada que tiene distintos propósitos. En primer lugar, Chávez pertenece a una izquierda renaciente que tiene como objetivo minar no sólo el liderazgo político de Estados Unidos sino el modelo capitalista de producción. Aunque el mensaje del Socialismo del Siglo XXI suena todavía balbuciente y un tanto esotérico, se basa en la teoría de que con los mecanismos modernos de comunicación y control social es posible revivir las viejas teorías marxistas sobre el concepto de valor y los términos de intercambio en relación con el trabajo humano.
Estas ideas generales se expresan en el campo geopolítico y allí es donde Colombia ha sido desde siempre su blanco favorito. Se suele olvidar que la proclama del coronel Chávez en el famoso y fallido intento de golpe contra Carlos Andrés Pérez ya incluía a Colombia como destinatario de sus demandas.
Su alianza con Nicaragua, basada en identidades ideológicas pero también en la pretensión mutua de colocar a Colombia como destino de sus ataques, es apenas una pieza de ese proyecto intervencionista que ha mostrado su larga mano también en Ecuador, Bolivia, Argentina y Perú.
Por último, la afirmación de que hacia el Oeste Venezuela no limita con Colombia sino con las Farc, no es una boutade como se piensa superficialmente, sino un profundo tema de política internacional que podría ser utilizado para desafueros impensables en la frontera.
La estrategia de enfriamiento utilizada recientemente por el Gobierno es acertada. No hay que caer en la provocación.
Pero los llamados hacia la paz y la hermandad del presidente Uribe tienen que estar acompañados de una cuidadosa política de defensa que no puede escatimar ningún detalle.
Por esa razón, me parece irreflexivo e inadecuado cierto sesgo malicioso de algunos medios que han pretendido ver una contradicción entre la palabra pacificadora de Uribe y las gestiones del ministro Santos en Israel para mejorar nuestra flota aérea. La disuasión es la mejor manera de evitar la confrontación armada. El que ésta sea lejana, no debe llevar a Colombia a desarmarse en un alarde de romántica ingenuidad muy aproximado a la tontería.
Hay que desplegar toda la diplomacia posible frente a Chávez. Pero parece una indiscreción muy desafortunada pretender que los esfuerzos de modernización de Santos van en contravía de la acertada gestión de Uribe hacia la reconciliación.