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Hay un nuevo eje político en Europa: el eje Sarkozy-Rajoy. El presidente francés y el líder de la oposición española están cada vez más de acuerdo, se sienten cada vez más contentos cuando están juntos, y en cada acción se nota que están contentísimos de haberse encontrado. Qué solos estaban antes, se dicen. Ahora se miran a los ojos y suspiran, porque cada uno de ellos ha encontrado en el otro su media naranja: tú sí me entiendes, se dicen. En asuntos definitivos de la política europea, eso es lo que se dicen: tú sí me entiendes.
La semana pasada, en un discurso en el Palais de la Mutualité de París, Sarkozy se dedicó a eso durante varios minutos: a decirle a Rajoy cuánta suerte le deseaba en las próximas elecciones españolas. Las elecciones son el 9 de marzo, y el Partido Popular español, que ha sentido ya la necesidad imperante de apelar a su electorado más fiel, se ha dedicado en los últimos días a martillar sobre el miedo más esencial de la derecha española: los que llegan de fuera. La xenofobia es un valor seguro ante los votantes: España, muy a pesar de los esfuerzos genuinos de tantos españoles, sigue siendo uno de los países más racistas de Europa, o por lo menos uno de los países europeos más tolerantes con el racismo. Y la última encarnación de ese martilleo, de esa explotación de los miedos atávicos de los españoles, es la propuesta que el jueves pasado presentó Rajoy: el contrato de integración.
Así es. Si gana las elecciones, Rajoy ha prometido instaurar un contrato de integración para ser firmado por los inmigrantes. En él se comprometen a “cumplir las leyes, a respetar las costumbres de los españoles, a aprender la lengua, a trabajar activamente para integrarse en la sociedad española y a regresar a su país si durante un tiempo no encuentran empleo”. El enunciado se divide en dos partes: una inútil y una cínica. Firmar un compromiso de cumplir las leyes es inútil. ¿Es posible que Rajoy nos esté diciendo esta novedad maravillosa: que el que no cumpla las leyes recibirá sanciones? Firmar un compromiso de respetar las costumbres de los españoles es inútil: preguntado por cuáles serían esas costumbres, Rajoy habló de la prohibición de la ablación y la igualdad de sexos, todo lo cual ya está previsto, como es apenas evidente, en las leyes de España. Pero hay toda una estrategia detrás que es lo que me parece cínico: pues, si todo lo que establece ya está en las leyes, ¿para qué la propuesta? Fácil: para acentuar su viejo compromiso con la uniformidad española, con lo que ha llamado varias veces los “españoles normales”. Para mandar, con la mayor o menor sutileza de un símbolo, un mensaje diáfano: yo, que soy como ustedes, defenderé a los que son como ustedes de los que no son como ustedes. En una palabra: xenofobia.
Y aquí es donde aparece la gran sombra de ese hombre pequeño que es Nicolas Sarkozy. Porque toda la medida está directamente inspirada por un documento que el presidente francés, siendo ministro del Interior, hizo aprobar en Francia: quien pide la residencia debe firmar un contrato que lo obliga a respetar los valores de la República Francesa. Esto, curiosamente, de parte del mismo ministro que definió a los habitantes de la banlieue parisina (en su inmensa mayoría inmigrantes de clase obrera) como “la racaille”, palabra que puede traducirse como chusma y como gentuza. Varios le han señalado a Sarkozy que ese contrato que obliga a los inmigrantes a respetar los valores de la República francesa es lo más contrario que se pueda pensar a los valores de la República francesa. O por lo menos a dos de tres: la igualdad y la fraternidad. Pero Sarkozy, como si lloviera.
Ahora sólo le queda esperar la elección de Rajoy como nuevo presidente español, y por fin Europa comenzará a ser la que ellos quieren. Una Europa normal.