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Lo dijo José Obdulio con la linterna de Diógenes en la mano: buscad el sucesor de Uribe dentro del bluyín del alcalde Fajardo.
Esa recomendación, acompasada con suficientes muestras de sus seguidores y, a veces, subliminalmente, del mismo Fajardo, lo convierten, si no en candidato, al menos en protocandidato presidencial.
Magnífico. Tiene lógica política. Aunque malas lenguas dicen que es cosa de J. Obdulio y del empresariado antioqueño, no de Uribe.
En todo caso, Fajardo está en su legítimo derecho.
Pero ahora ese no es el tema. Sergio comienza a trabajar como periodista en un prestigiado programa radial de Caracol.
Hay algo allí que merece un segundo examen.
Digamos que Sergio tiene derecho a trabajar donde se le antoje. Y que Caracol posee la facultad inalienable de incorporar a sus filas a quien le dé la gana. Ni siquiera es asunto de libertad de mercado, sino más bien de libertad de escoger cada quien su propio designio.
Pero hay varios hechos concomitantes.
Caracol es una de las primeras cadenas radiales colombianas. Eso la coloca en situación privilegiada, no sólo para analizar e informar sobre la realidad nacional, sino para contribuir a formar los grandes bloques de opinión.
Sentada esa premisa mayor –el poder de Caracol– la premisa menor, esto es, la condición de candidato de Fajardo, genera inquietudes.
Hay un inmenso riesgo de desbalance democrático y de inequitativa disparidad en la contienda democrática, si uno de los candidatos, a fuerza de esa libertad mutua entre empleador y empleado que reconocemos como innegable, resuelve recorrer el país, entrevistar a la nación, levantar tribuna en cuanto lugar se le antoje, llevar un mensaje que pese a estar revestido de la neutralidad del dictamen periodístico, es en el fondo un discurso político con la mira puesta en el Palacio presidencial.
Una cosa es política y prensa escrita. Una cosa es que Nariño editara los Derechos del Hombre en una imprenta precaria o que Alberto Lleras intercalara su pluma con las faenas electorales.
Pero Caracol usa un espacio electromagnético que es propiedad de todos. Y este es un elemento delicado sobre todo frente a la solvencia de la democracia.
Además, advierto que he sido defensor de la incursión extranjera en nuestros medios, porque he creído que es preferible una gestión impecablemente profesional que un amañado y plutocrático manejo de la información.
Sin desmerecer un ápice la capacidad de Fajardo como alcalde y como periodista, estamos enfrente de una decisión que brinda a un importante personaje una posición extraordinariamente favorable, en desmedro de los demás candidatos. Algo que no será posible remediar luego, cuando Fajardo renuncie y Caracol entre en una supuesta fase de neutralidad. Será tarde.
No propongo este tema desde una inaceptable intervención estatal, sino para la reflexión de los implicados. Dos Consejos no pedidos: Grupo Prisa: cuidado se le ocurre a alguien que comienzas a meter baza en la política nacional. Sergio: Lo peor para un candidato es que la gente crea que usufructúa privilegios extraordinarios.
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Refrescante la presencia allí mismo, en Caracol, de Paola Ochoa. Por la gracia, la voz y los temas que maneja.