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Hecatombe mundial

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Aunque la velocidad de los acontecimientos no lo deje ver claramente, el conflicto Uribe-Chávez tiene proporciones históricas enormes. Cuando empiecen a apreciarse sus consecuencias, se verá que muchos determinantes de la política interna e internacional de Colombia y Venezuela se habrán transformado profundamente.

El análisis del conflicto tiene que empezar por las razones del problema. Que no son otras que el extremismo político de Uribe y Chávez, y que lo hacían inevitable. Por la condición anacrónica de ambos presidentes, apegados sectariamente a las doctrinas socialista y anticomunista del siglo pasado, el norte del subcontinente estaba condenado a reproducir el fenómeno de la guerra fría. Porque el mayor enemigo de ambos presidentes es el gran aliado del otro. Los Estados Unidos son el mejor amigo político de Álvaro Uribe y el peor enemigo de Hugo Chávez. A su vez, las Farc son el más grande enemigo de Uribe, y un aliado natural de Chávez.

A ambos mandatarios les interesa, por razones inversas pero complementarias, convertir el conflicto colombiano en el terreno de la confrontación Caracas-Washington, reproduciendo el conflicto este-oeste, de manera más tropical pero igualmente negativa para sus dos países. Con ello, ambos consiguen alimentar el factor que más contribuye a su poder hegemónico —Uribe, la protección norteamericana para mantener el tradicional modelo antisubversión/confianza inversionista; y Chávez, el enfrentamiento con Estados Unidos que subyace el viejo modelo Gadafi-Khomeni de revolución financiada con petrodólares—.

Desde ese punto de vista, ambos habrían ganado. Sin embargo, en el primer capítulo de este drama que seguramente alargarán indefinidamente, hay vencedores y vencidos. El gran pugilista internacional de los últimos años, el temido Hugo Chávez, cayó a la lona, y en sus intentos por pararse y retomar el combate, sólo ha logrado agravar sus heridas. Contrariamente, Uribe ha logrado consolidar su proyecto político antiterrorista de manera espectacular. Todo gracias a una combinación de enormes agallas para poner en marcha una estrategia consistente en meter a Chávez en el conflicto colombiano, en el momento de su mayor vulnerabilidad internacional e interna, para reeditar internamente la amenaza terrorista por medio del nacionalismo. Y de saber callar, para dejar que las agresiones de Chávez transformaran su imagen de presidente que buena parte de la opinión pública internacional asociaba con los militares centroamericanos que en el siglo pasado combatían ferozmente a las guerrillas mientras defendían las fuerzas paramilitares, en un estadista moderado y legítimo.

La jugada maestra de Uribe consistió en forzar a Chávez a desenfundar la espada precipitadamente, antes de que se acercaran las elecciones presidenciales, en las que el venezolano habría podido golpearlo, apoyando a un candidato de izquierda con el ofrecimiento de un proceso de paz exitoso con las Farc. Y en momentos en que aún es posible inducir la reelección presidencial para salvar a la patria.

Convertido en forajido internacional por la exposición de sus vínculos con las Farc, Chávez no tenía otro camino que asumir la defensa pública e institucional de la beligerancia de la guerrilla, para poder ampararse en el derecho internacional alegando una política soberana y compartida por otros Estados, como Nicaragua, y próximamente Bolivia, Ecuador, y otros como Irán y Siria. Por sus deseos desesperados de incidir en la política interna colombiana, se dejó provocar por Álvaro Uribe, y por no saber cortar sus pérdidas, avanzó imprudentemente hasta enredarse con el terrorismo y el narcotráfico, los dos fenómenos más calcinantes de la agenda mundial. Ahora Chávez está perdiendo aceleradamente su legitimidad internacional, y Uribe construyendo una hecatombe de proporciones mundiales. Dos consecuencias que sólo alimentarán la hoguera.

Por las circunstancias geopolíticas y la condición peronista de los dos presidentes, la situación sólo puede tender a agravarse. Como en los tiempos de la guerra fría, la amenaza de una confrontación económica y militar orbitará permanentemente sobre la vida de ambos países, haciéndolo todo presa del chantaje. Por eso era tan necesario hacer todos los esfuerzos para evitar la confrontación con Hugo Chávez, no para precipitarla.

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