Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Cuando se analizan las cepas preferidas por los colombianos, todavía se nota un marcado sesgo hacia la Cabernet Sauvignon (tinta) y la Chardonnay (blanca). ¿Las razones de este comportamiento? A decir verdad, no son claras.
Cuando se intenta explicar esta curiosa usanza, varios analistas logran apenas señalar que, al igual que en la mayoría de los mercados internacionales, la inclinación por estas dos variedades obedece a que son las más plantadas y, por ende, las más vendidas. En nuestro caso, no hay una cuestión de apego organoléptico a las intensas características de los vinos elaborados con estas uvas.
Al referirme a “curiosa usanza”, tengo presente esta contradicción: por razones de clima, paladar genético e inclinación hacia los sabores suaves y tropicales, los colombianos debiéramos abrazar cepajes (e, incluso, tipos de vinos) distintos a los mencionados. Los franceses de la Borgoña, por ejemplo, no incorporan en su dieta habitual preparaciones culinarias ni vinos de Burdeos o de Alsacia. Los paladares son un reflejo de cultura y lugar.
Pero como los volúmenes giran alrededor del Cabernet Sauvignon y del Chardonnay, so be it, como dirían los anglosajones al manifestar que no hay alternativa. Pero sí hay.
Antes, sin embargo, quiero dejar en claro que tanto el Cabernet como el Chardonnay poseen propiedades naturales más que suficientes para engendrar algunos de los vinos más prominentes del mundo.
Anima descubrir, no obstante, que algunos importadores y comercializadores de vino están resueltos a introducirnos a otras excitantes experiencias. Aunque en menores cantidades, es un hecho que vinos elaborados con Merlot, Pinot Noir, Tempranillo (tintas) y Sauvignon Blanc (blanca) están comenzando a ocupar su lugar. Sin duda, son más suaves y frescos, y se adaptan mejor al gusto natural de los colombianos. Pero las que mayor entusiasmo están despertando son las tintas Malbec, Syrah y Carménère, y las blancas Viognier, Semillón, Verdejo y Albariño. Finalmente, el abanico se está incrementando.
Por eso es que el nuevo año debiera invitarnos a probar no solamente nuevos cepajes, sino también nuevos estilos y países de procedencia.
Entre las variedades blancas menos conocidas, pero altamente excitantes, figuran la Torrontés, la Muscat, la Chenin Blanc, la Gewürztraminer, la Riesling, la Pinot Grigio o Pinot Gris, la Airén y la Viura. Entre las tintas, el listado es más largo y provocador: Barbera, Dolcetto, Cabernet Franc, Petit Verdot, Cariñan (o Carignan), Cinsaut, Garnacha (o Grenache), Nebbiolo, Sangiovese y Zinfandel, entre otras.
En estilos, es un hecho indiscutible que Colombia es un país ideal para los rosados, siempre frescos y frutados, y fáciles de beber y disfrutar. Hice el ensayo con familiares y amigos en las pasadas fiestas y por cada caja de rosado, sólo abría una botella de tinto y otra de blanco (y lo peor es que quedaban sin terminar).
Y si queremos aumentar el mapa de nuestras sensaciones gustativas, es recomendable probar distintos estilos dentro de la misma variedad. Por ejemplo, comprar un Malbec o Carménére joven, otro con un breve paso por barricas de roble y, finalmente, uno de gran concentración y mayor añejamiento. También vale la pena aventurarse con mezclas como Tempranillo-Syrah, Malbec-Merlot, Carménère-Cabernet Sauvignon, Chardonnay-Viognier o Chardonnay-Torrontés.
Aunque los vinos de nuevas procedencias merecen un capítulo aparte, vale la pena abrir ejemplares de Portugal, California y Uruguay, y descubrir las sensaciones de estos nuevos territorios.
Si soltamos las amarras, podemos ver que el panorama de los próximos doce meses se torna fascinante. Así podremos descubrir que, en nuestro entorno, hay vida más allá del Cabernet Sauvignon y del Chardonnay.
Más sobre vinos y gastronomía en: www.hugosabogal.com