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Escribo esta columna en un hotel de Nueva York, pocos minutos después de que se haya anunciado en la televisión la victoria de Hillary Clinton y de John McCain en las primarias de New Hampshire.
En el lado republicano, lo que ha sucedido no es raro: que McCain se recuperaría de la derrota de Iowa era lo predecible, porque la religiosidad desbocada y ciega de ese Estado (donde los ganadores fueron un predicador evangélico y un mormón) se atenúa hasta cierto punto en la costa este. Y, sin embargo, nada de lo anterior es noticia en Nueva York. La gente –en la calle, en los noticieros de la televisión, en todas partes– está hablando de otra cosa: de los dos candidatos demócratas que han convertido estas elecciones en uno de los grandes momentos de un país al que no le han faltado los grandes momentos.
Porque así es: salvo alguna catástrofe impredecible, el próximo candidato demócrata será una mujer o un negro. Nada, ni remotamente similar, había sucedido en la historia de la democracia más conocida y publicitada del mundo. Pero, mi sensación en Nueva York, es que la gente se lo esperaba: esta revolución no ha sorprendido a nadie, porque lo verdaderamente sorprendente hubiera sido más de lo mismo. “Nadie quiere más hombres blancos”, me dijo alguien. Donde dijo “nadie”, hay que entender “ningún demócrata”, y donde dijo “hombres blancos”, hay que leer “gente parecida a Bush”. Y esto lo han entendido todos los candidatos de ambos partidos, que durante esta semana se han dedicado a repetir como loros una sola palabra: cambio. En todos los lemas de campaña, en todos los discursos, el cambio aparece cada vez que se puede. Si un legado ha dejado Bush, ha sido unir al país alrededor de un consenso: la necesidad de dejar a Bush atrás.
Pero esto no quiere decir que la victoria de Barack Obama en Iowa no haya sacudido los cimientos políticos de Estados Unidos. Los analistas siguen preguntándose qué ha pasado para que un hombre tan joven y sobre todo tan inexperto (lleva apenas dos años en Washington) haya seducido al electorado al punto de amenazar a Hillary Clinton en New Hampshire, que es como ir a ganarle a Reagan en California. Para mí tengo que la cosa es muy sencilla: Obama es el hombre capaz de cruzar las líneas que dividen a los votantes en Estados Unidos, y sobre todo las raciales y las políticas.
Líneas raciales: por Obama votará la población negra, pero su apoyo masivo en Iowa vino de los blancos, y si quedó segundo en New Hampshire, a sólo dos puntos de Clinton, se debió a lo mismo. Líneas políticas: por Obama votarían, en caso de que quedara nominado, todos los demócratas, como es evidente; pero también votarían los republicanos menos radicales y más desencantados con la administración Bush y, además, votaría la mayoría de los independientes. Y éste es el objetivo más perseguido por los candidatos: los independientes, esos votantes que no son ni republicanos ni demócratas. En Iowa, Obama los sedujo; y todo parece indicar que ahí está su fuerza.
A Obama se le suele atacar por su falta de experiencia. Pero, ¿es eso realmente problemático? Lo hablaba yo con mi amigo Peter Drubin, hijo de un hombre que toda la vida votó por los demócratas, hasta que, descontento con Bill Clinton, empezó a castigarlos. Obama lo ha convencido, y para mí la razón, es evidente: es un candidato sin historia. No importa cuántas veces Hillary Clinton hable de cambio, su imagen carga la historia de dos gobiernos con su apellido, y no hay manera de que convenza al electorado de que ella es lo nuevo. Obama, por otra parte, carece de familia política (su padre es un inmigrante keniano), y carece, por tanto, de desgaste. En unas elecciones donde el cambio es la contraseña, la inexperiencia es un activo. A ver cómo lo maneja su campaña. La cosa apenas comienza.