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Al final del día regresamos a casa con la ilusión de contarle a la familia lo que nos ha sucedido: la alegría de lo que salió bien, la exigencia de lo difícil, la tristeza de lo que dolió, y entonces recibir la sonrisa cómplice, la palabra apreciativa o el abrazo que consuela.
Cada mañana salimos del hogar, sin saber con certeza lo que el nuevo día traerá para nosotros, ignoramos si vamos a encontrar un problema que requiera nuestra fuerza, algo sorprendente que nos lleve al límite de nuestras posibilidades o algo aciago que nos conmueva y duela.
Sin embargo, confiar en que nuestras emociones, sentimientos o incertidumbres son acogidos por los que nos aman, notar que tanto la propia vulnerabilidad como la fuerza tienen un lugar en sus corazones, nos abre tanto las puertas del crecimiento interior como las de la acción constructiva en el mundo.
El obstáculo para que este proceso fluya de manera armoniosa tiene que ver con una confusión frecuente en nuestro mundo: la línea divisoria entre la vulnerabilidad y la debilidad es tenue, las imaginamos como si fueran lo mismo.
Por tanto y, de manera explicable, los que nos aman no quieren alentar la debilidad, más bien creen tener la obligación de empujarnos para ser resistentes, a no necesitar ayuda.
Loable intención, pero cuando las lágrimas brotan espontáneamente en contacto con el dolor, conminan a nuestros allegados a decir: “Fuerza y ánimo, deja de llorar o de entristecerte, adelante, no llores, eso sólo empeorará las cosas y, en últimas, no va a solucionar nada”.
Como por esta vía, paradójicamente, terminamos ignorando la vulnerabilidad, el inesperado resultado es que nuestro dolor se enquista, pues no recibe consuelo. Así, la falta de confianza nos vuelve débiles, aunque parezcamos duros.
Si abrazamos y apreciamos nuestras tristezas, cansancios o vergüenzas, en lugar de mirarlas como la debilidad que anuncia nuestra incapacidad, surgirán expresiones como: “Llora en mi hombro, que cuando el llanto pase, tu mente estará mas clara, entonces podrás encontrar los caminos y la fuerza necesaria para enfrentar esta adversidad”.
Por este camino sucede lo “milagroso”. Nuestro mundo interno sólo necesita de ese espacio que acaricia y consuela para que nuestra vulnerabilidad transformada en conciencia nos permita renacer de las cenizas.
Cuando nuestra vulnerabilidad puede expresarse de manera abierta, cuando nos sentimos cómodos al compartirla con los otros, nuestra capacidad de lucha se intensifica, nuestros recursos interiores se hacen presentes y, en consecuencia, nuestra vida trasciende las limitaciones del presente para aventurarse en un futuro nuevo y diferente que no repite el pasado.