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Ernesto Yamhure
09 de enero de 2008 – 10:05 a. m.

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Escribir columnas de opinión es un oficio interesante.

Obliga a hacer el esfuerzo de sintetizar una serie de ideas para plasmarlas en miserable cuartilla y media. Además del ejercicio intelectual, hay que reconocer que, al menos en mi caso, es divertido, a pesar de los temas que se tratan. Me entretengo adjetivizando, sobre todo cuando de referirme a los salvajes de las Farc se trata. Esa es la democracia. El juego es simple: yo escribo lo que quiera y quienes leen pueden estar de acuerdo, en contra, o simplemente cerrar el periódico.

Viene entonces la etapa final, cuando los lectores reaccionan, ya sea a través de la página de Internet de El Espectador o del correo electrónico.

Nelson Casiglia, Ariel Barrera y José Balaguera son algunos de los energúmenos que escriben “arreándome la madre”, acusándome de “maestro de la motosierra”, “defensor del narcotráfico” y algunas cositas más que, por consideración con quien recibe el dictado de esta columna, prefiero omitir. Los enfurecidos remitentes, paradójicamente, coinciden en llamarme intolerante y extremista.

Hay otros lectores que van más, mucho más, allá de los insultos. Amenazan con matarme, con someterme a un juicio popular, con acabar mi vida. Me pregunto: ¿Por qué tan malos deseos? ¿Ser uribista –y sí que lo soy, gústele a quien le guste– es un crimen? ¿Odiar a esa plaga maldita de sádicos que se presenta como guerrilla es causal de asesinato? Yo al menos tengo el coraje de escribir lo que pienso con mi firma, sin recurrir a un alias como un tal Bocachico1, que más que un lector es un terrorista incitador del atentado personal, con tan mala suerte para él que ya sé realmente quién es y en los próximos días procederé a formular la respectiva denuncia penal, con el fin de judicializar el caso y conducir a este sinvergüenza al lugar que se merece: la cárcel.

No todo es negativo. Hay lectores esplendorosos que comparten mi indignación por las acciones criminales de los terroristas. Son personas que no han caído en el síndrome de Estocolmo colectivo que parece asfixiarnos y que, con dignidad e hidalguía, se resisten a inclinar sus cabezas por cuenta de las estupideces que dicen las Farc y que cobardemente replica un buen grupo de columnistas y editorialistas atemorizados.

Está el caso de una lectora, Adriana Mejía, una ciudadana del común, ajena a la política, dedicada a una profesión más bien artística, y quien semanalmente me descresta con sus reflexiones. Ese simple hecho me quita el legítimo temor que producen las amenazas de los intolerantes y me motiva para seguir adelante, porque sé que este es un país atestado de hombres y mujeres que, como Adriana, rebosan dignidad y patriotismo.

~~~

Ni en tiempo de vacaciones los asesinos y narcotraficantes de las Farc dejan de martirizarnos. Este último episodio los ha puesto al descubierto. Vamos a ver quién tiene el cinismo de demandar acercamientos con esa pandilla de mentirosos.

Que este 2008 sea muy feliz para todos mis lectores.

ernestoyamhure@hotmail.com

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