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La religiosidad ministerial

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Hace unos días EL ESPECTADOR publicó una columna del ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, en la que hace un alegato en contra de un eventual despeje de Pradera y Florida, como lo demandan las Farc para realizar el acuerdo e intercambio humanitario.

Al ministro lo han apodado Uribito, o Bonsái, para referirse a sus actitudes y discursos, en los que lleva a extremos los argumentos de su mentor. En este artículo, el Ministro se hace merecedor de los apodos: usa un tipo de lenguaje y argumentación que a veces se parecen a los del Presidente, pero el joven los exagera con delirio. Frases como: “En este año los colombianos sentimos inmensa alegría con la anunciada liberación de tres secuestrados, incluido un niño que nació en cautiverio. ¡Gracias a Dios!”, pueden parecerse a las que ocasionalmente utiliza Uribe, pero no se puede negar que aquí parecen bastante más melodramáticas y teñidas de un tonito más beato que el que usa el Unigénito que lo apadrina.

Aunque las palabras y el estilo han sido escritos para acrecentar la reverencia, el problema mayor radica en la argumentación. En efecto, según el Ministro, el despeje es un pretexto para que las Farc “sigan traficando con armas, coca y seres humanos”, como si ellas necesitaran despeje para hacerlo. Pero además, “en una zona de despeje los campesinos serían esclavizados o asesinados y sus hijos reclutados a la fuerza por esa banda criminal… Un despeje de Florida y Pradera abre un claustro para guardar secuestrados de Cali sin que la Fuerza Pública pueda actuar…”.

Parece que el Ministro ignora, o se hace el bobo, respecto de lo que implica el despeje: en primer lugar, es claramente acotado en el tiempo, 45 días, y es muy fantasioso creer que en ese lapso las Farc logren hacer todas las proezas que el joven les endilga. En segundo lugar, los límites de esos municipios sin duda serán reforzados por la Fuerza Pública, de modo que no es muy fácil que puedan llevar allí a secuestrados desde Cali, a menos que esa Fuerza Pública lo permita o sea tan ineficiente que no se dé cuenta. En tercer lugar, el despeje se refiere a la Fuerza Pública, pero se presume que el resto de los organismos del Estado se mantendrán vigentes e incluso podrán ser reforzados.

Sigamos con la argumentación: “…con un despeje de Florida y Pradera se perderían miles de empleos campesinos, pues 32 mil hectáreas agrícolas y ganaderas quedarían completamente abandonadas y sembradas de minas antipersonales”. Es una afirmación muy apocalíptica: significa que las Farc van a combinar las tareas de reunir y entregar a los secuestrados con la destrucción de miles de empleos y la siembra de minas. Ni que fueran unos magos. Tantas acciones simultáneas no las puede realizar ni el mismo Uribe.

En el fondo de todo hay un argumento que parece ser el de verdad: “tampoco permitamos que ciertos personajes se aprovechen del dolor, distorsionen la realidad y emprendan una campaña de desprestigio internacional contra el gobierno colombiano y nuestro principio sagrado de seguridad democrática”. Vea el lector cómo detrás de la beatería del comienzo del artículo el problema es otro: la referencia a “ciertos personajes”, que no menciona, y quienes pretenden dañar la imagen internacional del gobierno. Eso cuenta mucho para el joven, es evidente.

Y esa beatería se refuerza también frente a la eventual crítica al “sagrado principio de la seguridad democrática”. Esta llave maestra de la política de Uribe, que puede tener dimensiones positivas y otras negativas, pero que es una política como cualquier otra, ahora es nada menos que “un principio sagrado”, es decir, “digno de veneración por su carácter divino o por estar relacionado con la divinidad”, como lo define el DRAE. Y como tal, no puede ser examinado, debatido, criticado.

Desde esa especie de púlpito, el joven nos ha advertido: nada de meterse con lo sagrado.

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