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Conocí a Benazir Bhutto en una cena que ofreció el presidente Mubarak en El Cairo a algunos asistentes a la Conferencia Mundial de Población, a mediados de los noventa.
Le correspondió sentarse a mi lado. Ya era un mito viviente. No sólo por su figura impactante, el aura que irradiaba y esa lejana belleza de cuento de hadas, sino por el papel significativo que cumplía en un país como Pakistán, que ya en ese entonces era una pieza clave en la geopolítica del sudeste asiático.
Hoy recuerdo con escalofrío que al abordar el tema de Colombia, me dijo que ella sabía que los mejores esquemas de protección personal, de manejo de escoltas, blindaje de automóviles y chalecos antibalas estaban en nuestro país. Y se detuvo sobre estos temas con lujo de detalle. Que alguien en tierra lejana, proveniente de un país tan distante culturalmente, escoja ese tema para hablar con el Vicepresidente de Colombia, es algo extraordinario. Y hoy diría que premonitorio. Uno de aquellos eventos fantásticos, producto de conexiones subterráneas inverosímiles.
Benazir Bhutto fue un personaje central en la historia actual. Estaba en el centro de preocupaciones contemporáneas de gran calado.
En primer término, era la esperanza de que Pakistán pasara de la dictadura de Musharraf a un régimen más democrático, y que lo hiciera sorteando la grave amenaza del terrorismo, una de cuyas fuentes está ubicada allí mismo, en las cercanías de la frontera con Afganistán. Es decir, Benazir estaba en el hoy vórtice del elemento central de la humanidad: democracia y terrorismo. O, mejor, respuestas democráticas al terrorismo. Y, si algo faltara, estamos hablando de la forma más virulenta del terrorismo, aquella que se alimenta del fundamentalismo religioso, una grave enfermedad mundial que se disfraza de diversas formas, peor, que en algunas latitudes se ha convertido en una fuente de desestabilización singular, porque ha tomado las armas con la idea que de ellas son instrumento al servicio de la divinidad.
Otro aspecto de esa vida de Benazir, plagada de tragedias, luces y sombras, es la perspectiva de género. Ser mujer en política implica, todavía, en todo el mundo, vencer serios obstáculos y discriminación sin cuento. Aún en democracias occidentales avanzadas, la condición femenina es como un signo de interrogación permanente en las espaldas de las mujeres. ¿Votarán los Estados Unidos por Hillary?, es algo que circula y se rumorea intensamente. Pues bien, Benazir fue mujer y política en un entorno islámico donde el desafío es inenarrable. Ella lo logró, así fuese en hombros de su tradición familiar, pero haber llegado a la jefatura del Gobierno fue algo realmente heroico.
La muerte de Benazir no es sólo una grave pérdida para Pakistán. Más que eso, es un signo de la época desgarradora que nos ha tocado vivir en los comienzos del siglo XXI. No basta con decir la frase manida, “paz en su tumba”. No la habrá. Su muerte es un augurio inquietante. Como fue premonitoria nuestra conversación en El Cairo, destinada a hablar de escoltas y atentados personales. Como si ya en ese momento presintiera su destino.