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¿Cómo tomar el gol de Falcao? ¿El hincha de Millonarios debía celebrar la notable tijera al principio de todo, aunque aquella jugada mostrara la pobreza y el desconcierto de su equipo, más allá de que el samario sea seguidor confeso de Millonarios? ¿Debería olvidar la impotencia, la frustración producto de los futbolistas que usualmente alienta y simplemente disfrutarlos?
Los sentimientos encontrados exponen la fuerza de una paradoja, como un trance bipolar o una contradicción. El miércoles, El Campín, que no estaba abarrotado, celebró a Falcao y aborreció a su propio cuadro.
La fiesta de colores, a la salida de los equipos, fue breve pero significativa: un mosaico albiazul, con papeletas levantadas desde la tribuna oriental, recibió a Millonarios y Atlético de Madrid. La ligera llovizna no impedía el entusiasmo del público, que animó desde el calentamiento y se unió al pequeño homenaje a las víctimas del atentado del martes.
Entonces Falcao, bien temprano, marcó el gol (antes ya había tenido una opción para hacerlo, luego de un titubeo de los defensores azules) y recibió la ovación y el aplauso de una afición que celebraba lo que le anotaban a su equipo. En esos primeros minutos, Atlético mostraba las cualidades usuales: presión asfixiante, salidas frontales, rápidas, no excesiva elaboración. Millonarios no alcanzaba a cruzar la mitad de la cancha con balón dominado.
La altura y el esfuerzo inicial determinaron que los dirigidos por Diego Simeone bajaran el ritmo y permitieran que los de Richard Páez tomaran la iniciativa, exponiendo la postal pobre del campeonato local: lentitud, falta de sorpresa, excesos retóricos, figuras demasiado predecibles. Una y otra vez los azules levantaban la pelota o chocaban con la defensa de los colchoneros, un equipo que entiende de pragmatismos y orden. Con saco, corbata y tenis, el técnico argentino daba algunas indicaciones, sin renunciar al espíritu competitivo que lo define.
Con tramos aburridos, el partido transcurrió hasta el final del primer tiempo, cuando Wilberto Cosme tuvo la opción de empatar y la pelota se fue cerca. Osorio Botello, quien se cansó de picar y que nadie entendiera los movimientos, no fue determinante, aunque fue inteligente. Se terminó convirtiendo en una rara avis: en un equipo de toqueteos y vueltas interminables, innumerables, él prefería jugar a una intención, casi siempre para desmarcarse y buscar el espacio.
Falcao salió al principio del segundo tiempo, el encuentro siguió sin brillo y sólo fue particular (más allá de los desatinos de Millonarios, las falencias técnicas de varios de sus jugadores y la pobreza que personificaron) el tino de Diego, que entró para darle aire y juego al medio campo colchonero, así como el pase para que Koke sentenciara el partido, todo eficacia y cabeza fría.
Como nota curiosa, el argentino Matías Urbano, luego de que Máyer Candelo perdiera un penalti, anotó el único gol de Millonarios.
Luego de todo eso Falcao agradeció, dijo que era importante ser un referente para los niños y se despidió.
Y cada quien volvió a su realidad.