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Tirarse al adversario calumniándolo, amenazándolo, desmoralizándolo, recreando medias verdades para destruir su reputación, es cuento viejo desde cuando ha estado en juego la disputa por alguna fracción de poder, sea político o económico, o la mezcla de ambos, o la presencia de amenazas reales o supuestas de tipo laboral, étnico, religioso, cultural o de género. Aunque la destrucción de honras data de tiempos inmemoriales, la potencia de los vehículos comunicacionales utilizados hoy está aumentando a escalas insospechadas.
La actual es una etapa de transición en la forma en que se producen y transmiten los contenidos para reducir al enemigo: quedan atrás las formas artesanales y surgen nuevas modalidades que, sustentadas en las nuevas tecnologías de la información, hacen carrera con nuevos lenguajes y métodos de difusión. Viralidad es la clave de hoy, que sepulta formas tradicionales como los antiguos anónimos, los sufragios, las mentiras emitidas verbalmente o los montajes de algún grupo en contra de alguien.
Parecería, por ejemplo, que la campaña en los Estados Unidos saca a flote la barbarie de Trump y las mañas de Clinton en lo que podemos ver directamente, sean los debates, sus entrevistas, sus trinos. Sin embargo, hay detrás un sofisticado tejido de empresas y fundaciones dedicadas a la infiltración recíproca, la provocación sistemática, la cacería de oportunidades del chisme útil y la pre-fabricación de escenarios. Parece ser que, en los métodos, el ala más radical del Partido republicano le da sopa y seco a los demócratas; el Watergate de los 70 parece un juego de boy scouts.
El New Yorker trae una muestra: James O’Keefe, republicano de extrema derecha, de solo 31 años, tiene una Ong que adelanta el proyecto Veritas, amparada en una norma que le permite recibir contribuciones secretas con exenciones de impuestos (los gringos llaman a tales fuente “ dinero oscuro”) y utilizarlos en campañas políticas. Una de las historias fue la pretensión de infiltrar la organización Open Society, del multimillonario George Soros, que apoya a los demócratas. Amén de los trucos sucios para detectar información que sirva a los objetivos del desprestigio y del uso de las redes sociales para su divulgación, los métodos son más bien rústicos: arquetipos que caigan bien en ciertos públicos (contra los inmigrantes, infidelidades, supuestos fraudes).
En Colombia ya se está aprendiendo. Lo del supuesto hacker Sepúlveda, en realidad, no tiene mérito diferente al de armar burdos panfletos para desacreditar, entre otros, el proceso de La Habana utilizando las redes sociales.
Sin duda, el individuo de a pie tiene hoy la posibilidad de opinar por Twitter o Facebook. Sin embargo, las corrientes de opinión que se forman a diario (contra Petro, Peñalosa, el presidente y el proceso d paz o Natalia Springer, por ejemplo) se suelen armar en forma deliberada. Bastan unas pocas personas, la identificación de unos “hashtags” adecuados, la creación de unas cuentas ficticias en Twitter y la viralidad será un hecho.