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Presidente en cabildeo

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Se le criticó al presidente Álvaro Uribe que hubiera asistido a la sede del Consejo Nacional Electoral para presionar la modificación del censo de votantes y por lo tanto el umbral, de modo que sus preguntas del referendo del año 2003 pudieran quedar aprobadas a posteriori. Fue un arranque dictatorial, de esos que asaltan a los mandatarios, infatuados por la adulación de sus más cercanos.

Atentando contra la tridivisión del poder público, el actual presidente, rama Ejecutiva, se allega a la sala de la Corte Constitucional, poder judicial, para presionar con su presencia y la de su séquito la aprobación de su peculiar plebiscito, con el cual pretende refrendar el proceso de paz.

No cambian las cosas si la audiencia fue citada por la misma Corte; todo ello, si uno pensara mal, estuvo bien calculado, así como la invitación a unos pocos opositores de la medida. Tanto que allí estuvo la senadora opositora Paloma Valencia hablando de umbral (y no de aquel “umbral de la polvosa puerta” del maestro Valencia, en Anarkos), lo mismo que otros cuestionadores del proyecto.

Creería que es difícil que la corporación de Justicia le desapruebe al ilustre visitante su iniciativa y que el proyecto pasará, quizá ligeramente modulado, para que haya plebiscito muy pronto, sin siquiera exigencia de participantes. Forzando de este modo las cosas, se copará la cifra ganadora.

Lo anterior si la Corte se pronuncia a favor de su invitado, aunque también la inexequibilidad de la ley bien puede favorecer al presidente, quien, en tal caso, habría demostrado que se esforzó por acudir al pueblo sin estar obligado; que efectuó un humilde cabildeo, que suplicó, pero que finalmente fracasó.

Cuando los acuerdos de La Habana empiecen a regir en las tierras, mares y cielos de la República, el hermosísimo Aleluya de Haendel sacudirá los espíritus, como cuando se aprobó la Carta del 91, himno triunfal insinuado entonces por Álvaro Gómez; la nueva Carta de los Santos, incorporada de una vez y sin modificársele una coma, entrará a la historia del derecho público colombiano y será texto único de paz, mientras llegan otras Cartas políticas de otras facciones guerrilleras. ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

Largo aplauso a Pepón. Coetáneo, colega del dibujo, coincidimos un tiempo en El Espectador y discordamos uno más largo aún, cuando colaboró en El Tiempo y en El Trompo, de cuyas diatribas no quiero acordarme. Sorpresivamente nos vimos hace poco en las oficinas de don Fidel Cano, testigo, con doña María Isabel Barbosa, de nuestro abrazo. “Me va ganando en cabello”, me dijo, guasón. Todo había pasado, el viejo tiempo se había ido, como ahora se ha marchado él también. Grande, como se le mire, este José María López.

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