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Se enamoró del atletismo hace muchos años. Tantos que ya no recuerda bien por qué comenzó a correr. Lo que sí tiene claro es que ya joven representaba a la liga de las Fuerzas Armadas y que fue allí en donde hizo sus pinitos como entrenador.
Después trabajó en Antioquia y luego en Bogotá, en donde está radicado hace varias décadas.
Se llama Valentín Gamboa, nació en Tutunendo, Chocó, hace 65 años, y es uno de los responsables de que el atletismo colombiano lleve a Londres su mayor representación en la historia olímpica. Hasta ahora, 27 deportistas han logrado cupo para alguna prueba en el deporte base.
“Los Juegos Olímpicos son lo máximo para cualquier persona que esté vinculada a la actividad física. Son más importantes que cualquier otro compromiso”, explica el experimentado entrenador, que ha estado en las justas de Seúl 1988, Atlanta 1996, Sydney 2000 y Atenas 2004.
“De todos tengo recuerdos importantes, pero llegar a la final del relevo de 4×100 en Australia fue un gran orgullo”, recuerda con nostalgia. Luego de un largo silencio, aclara que aunque son más los momentos felices que ha vivido en el atletismo, hay otros de enorme tensión. “Los de la competencia. La preparación es un proceso tranquilo, pero ya en las carreras la presión es inmensa. En un par de segundos o de minutos se juegan cuatro años de trabajo. No es algo fácil de soportar, ni para un deportista, ni para un entrenador”.
Y como ha sorteado tantas circunstancias así, considera que la saltadora Catherine Ibargüen está preparada para subirse al podio en Londres: “Ella ha madurado mucho y está entre las tres mejores del escalafón mundial. Tiene su gran oportunidad. Verla como medallista sería maravilloso”, dice Gamboa, quien dirigirá al relevo corto. “Las muchachas han competido bastante. En el aspecto técnico de la prueba siempre hemos sido eficientes, tenemos que seguir tranquilos en ese sentido, pero se más intensos en la carrera. Estar en la final sería muy bueno para nosotros”, señala.
El “profe Valentín”, como le dicen sus discípulos, a quienes intenta formar como personas antes que como atletas, es un hombre feliz, de carácter bonachón al que el deporte le ha dado todo. “De niño soñaba con conocer Brasil, Santa Rosa de Cabal que era en donde hacían las galletas La Rosa, y Tamalameque, que era un nombre que escuchaba en las canciones y que me parecía irreal. Y gracias a mi trabajo he visitado cincuenta y pico de países”.
Tiene dos hijos ya profesionales, a los que la fiebre por el atletismo no los contagió totalmente. Mario, el mayor, practicó hasta la universidad, pero prefirió el estudio. En cambio su nieta Valentina es una porrista consagrada y con muchas aptitudes. “Ella es lo que más quiero en la vida”, dice el técnico, que enviudó hace cuatro años, justamente cuando se encontraba en el Mundial de Osaka, Japón.
Pero su familia es mucho más grande, porque cada uno de sus dirigidos se convierte en un hijo. “Claro, con todo el tiempo que se comparte, con tantas charlas y situaciones se generan lazos muy fuertes. Yo lo que les pido es que tengan un proyecto de vida y que metan al atletismo dentro ahí. Muchos deportistas les dicen a sus hijos que soy su abuelo y así me siento en verdad”.
Pero a Gamboa aún le queda tiempo para soñar. Dice que algún día Colombia ganará una medalla de oro en atletismo. “No sé si yo aguante eso. De pronto me muero ahí mismo. En Londres debemos tratar de subir al podio, que sería un resultado para consolidar el proceso rumbo a Brasil y confirmar nuestro progreso”, concluye el estratega chocoano que asistirá ilusionado a los olímpicos, porque como el mismo dice, “no hay quintos malos”.