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Tú me provocas y me descontrolas…

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Se espera que si somos padres de familia, maestros o gobernantes, nuestra inmadurez no se lleve por delante el futuro de otros, es decir, que seamos creativos, elegantes, asertivos y conciliadores frente a las provocaciones, pero en la realidad es frecuente que las emociones se lleven por delante las mejores intenciones.

Los seres vivos, y no solamente los humanos, compartimos una común herencia: nuestra respuesta frente al peligro. De cara a una situación amenazante, en general los seres vivos eligen entre huir y atacar; sin embargo, nosotros los humanos, en tanto crecemos dentro de mundos socioculturales, desarrollamos otras posibilidades, por ejemplo, la construcción de acuerdos o la reflexión sobre nuestras emociones.

Lo delicado es que paradójicamente nuestras tradiciones educativas dificultan lograr el autocontrol y al reaccionar como un niño o como un salvaje generamos consecuencias negativas para el ejercicio de la propia misión. Y tal vez lo mas complejo es que pasado el momento azaroso es posible que algunos, a pesar de que se percaten de que la situación requería y admitía otras reacciones, olímpicamente busquen justificaciones a sus actitudes, sin siquiera preguntarse: ¿Qué me pasa que no logro manejar mis emociones?

Una madre solía descontrolarse y pasar del insulto a los golpes cuando sus hijos adolescentes la ofendían: su primera reacción era decir: "Mis hijos me irrespetan". Pero, con el correr del tiempo notó que esa explicación no ayudaba y que, al contrario, ella quería parar el "ataque" y como no lo lograba, los ciclos de vergüenza y autorrecriminación no se hicieron esperar.

Al preguntarse ¿qué me pasa?, recordó que sus padres habían sido muy estrictos con sus pataletas infantiles. Argumentaba: "Mis padres no toleraban por ningún motivo que yo llorara o rabiara. Si esto sucedía, ellos reaccionaban inmediatamente, castigándome con una ‘palmada pedagógica’ ".

La consecuencia lógica fue que al ser sancionada por expresar sus sentimientos de frustración aprendió, por miedo al maltrato, a reprimir sus emociones. Como no recibió contención, apoyo ni límites amorosos, tampoco desarrolló habilidades para transformar las emociones en propuestas creativas. Así que, cuando tenía un conflicto con sus hijos, la impotencia la desbordaba, no podía huir y entonces, como cualquier animal herido, atacaba.

La aceptación consciente de la frustración y no la represión, la capacidad para reflexionar sobre las emociones mientras ellas ocurren y no la descarga automática, son herramientas fundamentales para el desarrollo de la sana convivencia humana, pues nos permiten ir mas allá del automatismo de huida o ataque.

Nuestra mujer tuvo que mirar con otros ojos su propia infancia y en la mente abrazar y acariciar la niña que aprendió a negar las emociones y dejarla llorar o rabiar hasta que la aceptación le permitiera domesticarlas y dirigirlas.

Tanto nuestra madre-niña como los padres, en general, y los maestros y gobernantes, enfrentamos diariamente situaciones que nos parecen amenazas, bien sea hacia nuestro prestigio o nuestra integridad y, justamente, porque nuestra misión toca con el destino de las futuras generaciones, es imperativo trascender nuestra herencia biológica e ir más allá de las dos alternativas básicas de huir o atacar.

Es necesario encontrar acciones educativas y políticas que posterguen la gratificación o la venganza inmediatas y que, en cambio, construyan soluciones de convivencia y prosperidad que existan después de que nosotros hayamos desaparecido si queremos formar parte de la creación de un mundo donde valga la pena vivir.

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