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Quiero llamar la atención sobre una información aparecida en la primera plana del New York Times el 30 de octubre. El periodista David Rohde, escribiendo desde la ciudad afgana de Gardez, habla de una nueva afluencia de combatientes extranjeros especialmente despiadados.
Rohde dice que se trata de la infiltración más grande de este tipo desde 2001. Y luego señala: “los combatientes extranjeros no solamente están aumentando las filas de la insurgencia. Son más violentos, incontrolables y extremistas que incluso sus aliados locales”. Además, al parecer, favorecen a los sectores talibanes más explícitamente aliados con al-Qaida, y traen con ellos dinero en efectivo y recursos con los cuales sabotear, por ejemplo, la apertura de escuelas en las provincias sureñas en torno a Kandahar.
Ahora bien, si esta fuese una información proveniente de Irak, muchos dirían que fue nuestra culpa y que los seguidores de Osama bin Laden no estarían en ese país si no fuera por la presencia de la coalición. Es prácticamente un artículo de fe entre los liberales que solamente la locura de la intervención convirtió a Irak en un imán y en un terreno de entrenamiento y reclutamiento para nuestros enemigos. Una de las dificultades de este análisis poco profundo y de mucha labia es que falla al explicar a Afganistán.
Tenemos evidencia bastante convincente de que la mayoría de los afganos no se oponen, como mínimo, a la presencia de las fuerzas de la OTAN en su tierra. Los signos de progreso son leves pero definitivos. Han retornado millones de refugiados y ha mejorado la situación de las mujeres. Hay algunas estupideces sobresalientes, como por ejemplo, el intento de fumigar los campos de amapolas, pero en general Occidente se ha comportado con decencia. Un enorme número de afganos resiente al Talibán y sus aliados aunque sólo sea por la razón puramente nacionalista de que representa un renovado intento de transformar Afganistán en una colonia de Pakistán, como lo era antes de 2001.
Digo todo esto porque no hay modo de argumentar que el Talibán, ya sea local o importado, es el producto de algún agravio o injusticia o causa raigal. Sus bandas están integradas por fanáticos primitivos que le están haciendo la guerra a la sociedad musulmana. Y ellos no están allí solamente porque “nosotros” estamos allí. Mucho antes de que llegáramos allí, tenían el control efectivo de grandes partes del lugar y habían transformado a una tierra aterrorizada y embrutecida en el trampolín y la incubadora del nihilismo transnacional.
Pese a lo mal que las cosas pueden andar ahora, estaban infinitamente peor cuando éramos aislacionistas. Después de todo, si uno continuara esta usual lógica pacifista, asumiendo que somos “nosotros” los principales responsables por haberlos atraído a “ellos”, entonces habría que concluir que si nos retiramos, ellos renunciarían o se irían a otro lado. ¿Hay alguien a quien se le pueda hacer creer algo tan fatuo? Bueno, entonces, si esta lógica es falsa en el caso de Afganistán, ¿por qué sería más convincente en el caso de Irak?
“No se visualiza un final”, es otro favorito mantra de la mentalidad antibélica. Y cuán cierta parece ser esa melancólica reflexión. Las últimas noticias se refieren a una muy sucia insurgencia islámica en el sur de Tailandia, masacrando pueblos budistas (¿recuerdan el asalto de los Talibán a las estatuas de Buda en Bamiyan?) y demandando la imposición de la ley Sharia.
Tal vez alguien pueda indicar qué crímenes de los tailandeses o de los budistas —o del imperialismo occidental— han conducido a este súbito desarrollo. O tal vez debe admitirse, aunque sea de mala gana y con atraso, que hay algo sui géneris en relación al fanatismo islámico: algo que está buscando una confrontación con cualquier sociedad no musulmana del mundo y está determinado a concretarlo con la mayor violencia y crueldad. También está buscando el choque con algunos estados y sociedades musulmanas.
Hago este último punto con deliberación. Afganistán tiene una Constitución que otorga privilegios especiales para el Islam. La mayoría de las mujeres afganas todavía se cubren por lo menos la cabeza. Incluso aquellos que pelearon por largo tiempo y duramente contra los Talibán y al-Qaida —las fuerzas de la Alianza del Norte, por ejemplo, o los Hazara chiítas— son intensamente musulmanes bajo cualquier estándar no musulmán.
Pero eso no es suficiente para protegerlos de las atenciones de los atacantes suicidas y de los degolladores, reclutados en lugares tan lejanos como Chechenia o incluso las áreas musulmanas de China. Tal vez habría que pedir que disminuya la cantinela de que los guerreros santos están solamente respondiendo a aquellos que tienen como “blanco” a los musulmanes o que son “islamofóbicos”.
El pueblo de Pakistán también está descubriendo el costo del blowback (expresión que alude a las consecuencias inesperadas de una acción política o militar). Todo su estado está consagrado a la idea del Islam: es uno de los primeros países en haber tenido su propia nacionalidad definida por la religión. Pero hay algunos para quienes un simple Estado para los musulmanes no es suficiente e insisten en algo bastante diferente, que sea un Estado puramente musulmán.
El general Pervez Musharraf, actual presidente pakistaní, acostumbraba a coquetear con esas fuerzas, como lo hizo el ex líder, general Muhammad Zia-ul-Haq y como lo hizo (aunque ella ahora prefiere olvidar eso) Benazir Bhutto, la ex primera ministra.
Los grupos que acostumbraban ser delegados de Pakistán en Afganistán están ahora guerreando en las calles de las ciudades y en las montañas de las provincias de la frontera de Pakistán. Están destruyendo mezquitas chiítas, matando a médicos y enfermeras que intentan administrar la vacuna contra la poliomielitis en áreas rurales y forzando a las mujeres y a las niñas a que retornen a sus roles de sirvientas.
Para ellos nada servirá, excepto la restauración de las costumbres del siglo VII y el restablecimiento del califato. Es ocioso pensar que “nosotros” creamos este repugnante fenómeno y aún más ocioso imaginar que hay alguna posibilidad de que podamos hacer un compromiso con ello.
* Columnista de Vanity Fair y de Slate. c.2007 WPNI Slate