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El padre Alejandro Angulo, Premio Nacional de DD.HH., padre jesuita

El padre jesuita Alejandro Angulo Novoa lleva toda su vida trabajando con las comunidades más vulnerables.

09 de septiembre de 2013 – 05:00 p. m.
El padre Alejandro Angulo Novoa recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos. / David Campuzano
El padre Alejandro Angulo Novoa recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos. / David Campuzano
Foto: DAVID CAMPUZANO 2012

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Ayer, cuando se conmemoraba el Día Nacional de los Derechos Humanos, y como inauguración de la Semana por la Paz, le fue entregado el Premio Nacional de Derechos Humanos, en la categoría de Toda una Vida. En entrevista con El Espectador, habló del panorama de derechos humanos en Colombia y del proceso de paz que el gobierno Santos y la guerrilla de las Farc adelantan en La Habana (Cuba).

¿Cómo ve al país en materia de derechos humanos?

Lo veo muy difícil. A raíz de la buena idea del Gobierno, de redistribuir la tierra, que ha sido la causa de los muertos, hay más asesinatos todos los días. Eso me preocupa mucho, pues ya son demasiados los reclamantes de tierras que han sido asesinados por exigir su derecho.

¿Qué es lo que más le preocupa?

El pueblo colombiano ha manifestado al Gobierno su inconformismo con el llamado paro agrario. Ese es un llamado de atención no sólo para el Gobierno, sino a toda la clase dirigente, porque no basta con solucionar los problemas políticos, sino que detrás de todo está el gran problema económico, la distribución de la tierra, la falta de empleo y eso es lo que se debe buscar: una economía más humana que permita a las personas participar de la riqueza del país.

¿Cómo ve el proceso de paz entre las Farc y el Gobierno?

Esa negociación es un símbolo de que se puede conversar en vez de disparar. Si se llega a la firma de un acuerdo, quiere decir que sí podemos hacerlo con el otro, pero a partir de ese momento se inicia un proceso todavía más difícil: el de reconciliarnos, que exige que las partes cedan. Una negociación significa que todas las partes deban ganar algo.

Y en el punto de víctimas, ¿cuál es su recomendación?

Hay que reparar a las víctimas, reconocer que se les violó su dignidad, tratar de rehacer la vida de quienes se les ha causado el daño y, sobre todo, hay que reconocer que se les hizo un daño injusto y pedir perdón. No creo en el olvido, porque la memoria es una de las cualidades del ser humano, mantenerla viva para aprender de ahí. Es lo que estamos tratando de hacer.

Usted habló de no perder la conciencia, ¿a qué se refiere?

Perder la conciencia es creer que hay una persona que no tiene dignidad, por la razón que sea. En la guerra es difícil humanizar, pero cuando se inicia un proceso de paz y reconciliación no hay que perder de vista que el otro, haya hecho lo que haya hecho, es humano. Perder la conciencia es creer que siempre la culpa es de otro y nunca mía.

 

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