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Mis batallas

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He escrito muchos textos, algunos para incidir, generar debates o simplemente porque lo debía hacer, este es único, porque lo escribo desde mi corazón en un ejercicio personal de reconciliación, el cual tarde más de 30 años para sentirme libre de contar algunos aspectos personales de mi vida.

Escrito por Andrés Santamaría*

En febrero, la periodista Jineth Bedoya me contactó para hacer una entrevista de domingo sobre mi trabajo en Cali en defensa de los derechos de las mujeres. Ella ya había ido en una ocasión a Cali a realizar un reportaje sobre mujeres víctimas de violencia y tuve la oportunidad de mostrarle lo violenta que es mi ciudad con sus mujeres.

Sin embargo, esta entrevista no iba a ser igual a la primera, pues en esta ocasión ella quiso indagar un poco más y me hizo una pregunta mágica: ¿Qué te ha llevado a nivel personal a hacer este trabajo? Mi respuesta sin saberlo fue un llanto espontáneo e inesperado que posteriormente desencadenó en los testimonios que di a ella y al programa Los Informantes de Caracol TV.

Llevaba mucho tiempo preguntándome ¿quién era yo y qué era lo que me producía tanto dolor? Crecí en una familia tradicional del Valle del Cauca, donde la posición social jugaba un papel fundamental y como suele suceder en muchos contextos de familias colombianas, la belleza o el dinero pueden ser más valiosos que la tolerancia.

Mis abuelos maternos, Alfonso Garrido e Hilda Sardi, eran íconos en la época de los años 50. Mi abuelo fue uno de los constructores más relevantes del país y sin duda con su trabajo aportó al desarrollo del Valle del Cauca, diseñó y construyó: el edifico de Coltabaco, el Hospital Departamental del Valle, la Clínica de Occidente, la Estación del Ferrocarril -hoy Metrocali-, reformó el famoso puente Ortiz, entre otros. Además fue cofundador del Banco de Occidente, y pionero en el negocio de azúcar en trapiches, durante 10 años ocupó el prestigioso cargo de presidente del Club Colombia de Cali, y ejerció la política al lado de Alfonso López, quien lo visitaba en su casa. Por su parte, mi abuela era una mujer hermosa proveniente de una familia inmigrante italiana, los Sardi, que por esas cosas del glamour criollo había sido reina de la elegancia.

Hasta ahí todo parece normal, de este matrimonio perfecto nació mi mamá, María Mercedes, una mujer ejemplo de superación y de lucha y a quien le debo lo poco que soy y quien está viva de milagro ya que en su nacimiento tuvo un derrame que le afectó la movilidad en sus pies, y tras un largo tratamiento en el Children Hospital de Boston, en Estados Unidos, logró caminar pese a que quedó con impedimentos. Hoy gracias a ese espíritu de lucha camina y conduce carro, incluso mejor que yo o cualquiera de los lectores, a pesar de sus 73 años.

Mi mamá se enamoró del “Negro Santamaría”, mi papá, a quien llamaban así por su alegría y a decir verdad era un hombre de fiesta. Sin embargo, desde pequeño crecí sin él, no lo recuerdo, durante su muerte yo me encontraba estudiando en Boston y las imágenes que me llegaban de él eran transmitidas por mi propia familia, por lo tanto me alejaban de él.

Pero lo que más me alejó fue un momento de violencia contra mi mamá cuando estaba niño. Me tardé muchos años en reconocer que era una de mis tristezas. Sumado a que cuando mi mamá pidió ayuda algunos de sus hermanos, le manifestaron que la culpa era de ella: “para que te casaste con ese tipo”.

Ni mi mamá ni mi familia saben que yo escuché esas palabras, y que lo sucedido en aquella noche me iba a causar una de mis mayores tristezas. Sin embargo, aprendí a usar ese dolor a favor de otras mujeres que hoy son víctimas de violencia. Esa es la razón que me motivó a dar mi testimonio durante la entrevista con Jineth Bedoya y posteriormente con los Informantes de Caracol TV, a partir de ese instante comencé a usar el concepto de que hijos de mujeres víctimas de violencia sufren igual o más.

El dolor de mi mamá no era solo por la violencia física, era por el trato de su familia donde dejaban percibir que la culpa era de ella, pues simplemente el hombre del que se enamoró no era igual a ellos, si este la maltrataba era su culpa.

También comprendo que su situación de discapacidad los llevó a pensar que no tenía derecho a enamorarse y menos a tener un hijo. Mi segunda tristeza es recordar de niño a mis primos hermanos discriminándome y burlándose de mí. Hoy no los culpo pues las conductas de sus padres les enseñaban a replicar estos actos, ellos simplemente eran niños.

Algunos me cuestionan y critican por estas entrevistas, con el fundamento de que la vida personal se mantiene en secreto y más si perteneces a una familia como la mía, pero creo que debe hacerse con respeto y mostrar que ciertas conductas, que se dan dentro de los propios contextos familiares, no están bien. Sobre todo, cuando uno asume un papel público este tipo de decisiones se hacen más relevantes e inciden para poder generar cambios como sociedad.

A mis 38 años decidí compartir mi experiencia y el aprendizaje que quedó para mi vida, mis dolores ya han madurado y los veo como un ejemplo de reconciliación conmigo mismo y mi familia, mi testimonio sirve como enseñanza para una sociedad que discrimina y maltrata sus mujeres, por eso mi lucha para decir no a las violencias contra las mujeres, esa lucha que empezó en casa hoy es una lucha pública por todas las mujeres.

Vea aquí la entrevista de Los Informantes.

*Consultor en derechos humanos y expersonero de Cali

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