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Es difícil hacer un balance sobre los ochos años de Unasur, en momentos en que la izquierda suramericana se encuentra en un repliegue inocultable y es patente el fin de un ciclo que marcó la política regional. Nació del pálido intento por establecer la Comunidad Suramericana de Naciones, que jamás llegó a tener fuerza y que respondía a una necesidad todavía vigente: acercar a tres versiones de Suramérica apartadas por circunstancias políticas e históricas: la andina, el Cono Sur (incluido Brasil) y dos actores que no deben seguir pasando desapercibidos, Guyana y Surinam. En los primeros años fue evidente la influencia de sus gestores, Néstor Kirchner, primer secretario general; Hugo Chávez, quien bautizó la institución en la isla de Margarita en 2008, y Luiz Inácio Lula da Silva.
Fue sesgadamente interpretada como una organización al servicio de la izquierda, incompatible con el proyecto de integración de algunas naciones bajo la órbita ideológica del conservatismo. Sin embargo, la historia ha demostrado que ha trascendido, sobreviviendo al cambio de gobiernos y de contextos, y que su existencia no depende exclusivamente de la vigencia de la izquierda a escala regional. Lección que demuestra que los activos jalonados por la izquierda pueden sobrepasarla y convertirse en conquistas regionales, incluso para gobiernos de otra orientación.
En estos años, el bloque ha representado un espacio genuino de negociación política, con límites innegables y vicisitudes concretas respecto de la dificultad para concertar la posición de sus miembros. Algunos se preguntan con indiscutible legitimidad acerca de la necesidad de que en la región cohabiten tantas apuestas por la concertación, cooperación e integración. Alba, Celac, Aladi, OCTA, CAN y Mercosur responden a objetivos disímiles, y a zonas diversas en el espacio latinoamericano. De allí la necesidad de que respondan a una lógica de convergencia, que elimine la duplicidad y multiplique las posibilidades de especialización entre tales esquemas.
En Colombia, la percepción de Unasur ha sido limitada, acusándola de ser un instrumento de difusión del socialismo del siglo XXI, prejuicio infundado y dañino para la política exterior. El Gobierno cuenta con una plataforma de discusión regional de temas que son vitales internamente y que, con el concurso de los suramericanos, pueden ganar visibilidad, como en el problema de las drogas, la participación activa de la comunidad internacional en la financiación del posconflicto e incluso para seguir consolidando la idea de Colombia como un caso exitoso de recuperación del Estado.
Para Unasur, el principal reto actual pasa por reconciliar ideales regionales aparatosamente aterrizables en algunos estados que atraviesan por crisis políticas, como Brasil y Venezuela. La institucionalidad regional fue creada, entre otras razones, para que desde afuera se desatoren crisis. Por tanto, a corto plazo deberá responder a dos expectativas. El robustecimiento de la democracia en el que ha avanzado con misiones electorales en Bolivia, Perú, Guyana, Venezuela y recientemente, saliendo del espectro regional, en República Dominicana. Y en la puesta en marcha de una ciudadanía suramericana.
* Profesor Universidad del Rosario.