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Firmas y traiciones

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Aunque toda la expectativa gubernamental y humanista del apoyo al proceso de La Habana esté soportada en la rigidez y en las firmas de los acuerdos, todo permanecerá en una vulnerabilidad natural.

Bajo los pactos y los papeles oficiales, la susceptibilidad de todas las palabras continuará bajo la también susceptibilidad de las firmas que las comprometan, porque nada hay más frágil en la historia humana que el lenguaje y sus paradigmas, inventados para improvisar un supuesto equilibrio y una supuesta razón y soporte para todas las acciones, sin importar que existan papeles de sustento para evitar una traición ; es justamente la existencia de los juramentados firmados en todos los ámbitos lo que sustenta la sospecha permanente frente a los acuerdos lingüísticos y ante la misma ambigüedad humana. Es un círculo vicioso y redundante de una absoluta desconfianza rayada en la morbidez.

La pomposa declaración universal de los Derechos Humanos, jurada por todos los órdenes jurídicos civilizados y usada en todos los discursos humanistas, incluso en los discursos alternos de las filas mamertas de las guerrillas del mundo, ha sido burlada en la práctica de la RealPolitik cuando los contextos han permitido que se usen los términos precisos de justificación para adecuar la retórica a su violación por considerarla necesaria y urgente; lo hacen permanentemente en un juego retórico y práctico sin comprensión los Estados Unidos, India y China, aduciendo situaciones explicables aunque la abstracción de la humanidad se quiebre entre el lenguaje. Y sucede más que permanentemente y en un ritmo casi diario en cualquier parte del mundo con las exquisitas convenciones internacionales de la ONU, violadas de repente por los Estados leales con las llamadas razones imperiosas.

En la historia nacional, los antecedentes de traiciones a las firmas bañadas con sacralidad son peculiarmente cómicos. Aunque hayan sido jurados por la misma constituyente del 91, la extradición fue reanudada en 1997 para ablandar las tensiones con los Estados Unidos, contra todo lo firmado en la negativa a la entrega de ciudadanos a gobiernos externos argumentando autonomía jurídica y dignidad nacional. Sucede todavía la violación tragicómica de la misma constitución con los escupitajos al Estado Laico firmado con suspiros, frente a todos los poderes y sin mayores escándalos, y estuvo a punto de declararse vitalicio y eterno un expresidente con síndrome de Hubris, sobre todos los papeles y las firmas, si no fuera porque las tuercas de su venta pública de notarías traicionaron el futuro del reino.

Demasiada fe y demasiada presión para acordar jurídicamente lo que no ha podido hacerse de forma práctica en un elemental trabajo de comunicación. El Estado ha podido explicarle algo simple y natural a un país analfabeta desde el principio mismo de los diálogos: que los diálogos no son precisamente diálogos, sino negociaciones con un archienemigo creado por él mismo; qué las negociaciones son sacrificios mutuos y no una claudicación de un bando frente al otro; que en un país sumido en el desastre, con todos los bandos responsables, incluida la sociedad civil, por omisión, indiferencia y silencio, la justicia ordinaria es inútil; que en la culpa total la única opción es el reconocimiento público y mutuo de la verdad para no volver a cometerla; que la conciencia histórica es fundamental para atreverse a opinar cuando el río del tiempo tiene 60 años con 220.000 muertos bajo la corriente, y que la conciencia misma del miedo y del espanto puede ser más rígida y rotunda que una firma en un papel ceremonioso, sobre todas las excitaciones de la ingenuidad.

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