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¿Cuántas veces ocurre un fenómeno y con qué frecuencia obedece a la misma causa?
Pensemos en nuestra versión más elemental: el hombre de las cavernas. Sin herramientas distintas a la observación —¡nada tan sofisticado como una mirada sofisticada!—, ¿cómo afectaban las fluctuaciones de la naturaleza su diario vivir, la ruta del nómada, el refugio?
De generación en generación se trasmitía un conocimiento acumulado, basado en la observación que permitía determinar que algunos fenómenos tenían la misma causa.
En nuestra época, la observación nos sigue dejando lecciones: ¿acaso el sol radiante y el cielo despejado son suficientes indicios para caminar sin sombrilla? ¿Qué tal si antes miramos el reporte del Ideam?
“25% de probabilidades de lluvia”.
Aquí entramos a jugar con la ruleta de las probabilidades…
En el proceso de cualquier investigación científica, la estadística permite aproximarse, explorar y determinar la variabilidad y la incertidumbre en la ocurrencia de ciertos fenómenos.
El periodismo adhirió a las búsquedas propias de la Modernidad apelando a herramientas que le permitieran corroborar desde la racionalidad la veracidad de la información. En la estadística encontró una forma de apoyar, contrastar y validar los datos presentados ante los lectores.
Si la estadística podía resultar difícil para el periodista por la lectura de gráficos o la interpretación de las cifras, fuentes como Donald Trump (CNN Politics ha subrayado sus falacias) o el Centro Democrático (por ejemplo, el sondeo que daba a Óscar Iván Zuluaga como ganador) imponen nuevos retos, por su comportamiento reiterado y, por tanto, predecible: 1) cargan un cartapacio de “estudios”; 2) desenfundan sus datos estadísticos, cual sheriff de autoridad irrebatible, y los disparan, aunque no guarden la más mínima relación con el tema tratado; 3) por más que se les indague, evaden citar la fuente de sus estudios o la metodología de recolección de datos; 4) si acaso citan el origen de sus cifras, este suele provenir del “grupo de estudio interno de su partido” o de fuentes sin autoridad ante la comunidad académica o científica.
Pura paja.
Este comportamiento es el producto de un estudio riguroso (ahí sí) de lo indispensable para que el embeleco funcione: el tono de voz (el grito, la “vehemencia”) y el principio de oportunidad que representan las transmisiones en vivo, de modo que queden vulnerados los mecanismos de verificación inmediata y precisa de datos.
La estadística, conquista del pensamiento racional en el periodismo, convertida en la gran herramienta del mentiroso, del manipulador.
Antaño, los abuelos llamaban “numeritos” a quienes se dedicaban a la prostitución. El mote se originó en los bares, donde las prostitutas pasaban su “numerito” (telefónico) a los potenciales clientes. Llamar “numerito” a una mujer era un estigma social, una trampa.
La prostitución del número, de la estadística a través de los medios de comunicación, la desviación deliberada de la línea lógica de la discusión, es un artificio para crear un efecto de verdad.
El uso de la estadística está más prostituido que nunca… en el 96% de los casos.