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Nadie sabía en 1992 que eso era un humedal. No lo sabía Ana María Niño ni sus vecinos del barrio Compartir en Suba, hasta que un grupo de estudiantes de la Universidad Javeriana les contó que ese potrero lleno de escombros era el humedal La Conejera.
Para esa fecha, Compartir era el primer intento de urbanización en kilómetros a la redonda allá, donde la ciudad se perdía con el campo. Cuando doña Ana María abría la ventana en la mañana y veía verde: en el cerro La Conejera, en los lotes lecheros que rodeaban el barrio, en la enorme distancia de sabana que lleva hacia Cota. Todo verde, excepto esa mancha de piedras, arena y ladrillos que se levantaba encima del humedal, como una isla hecha para encerrar a los desterrados y los miserables: el archipiélago del olvido.
Como en tantos otros casos, el progreso se construyó con una celebración de cemento y metal, con premura e improvisación. Para 1993 La Conejera era un amplio botadero de escombros de la construcción: a él llegaban hasta 500 viajes de volquetas cargadas de destrucción, más 50 litros por segundo de agua contaminada proveniente de 15 barrios aledaños. Fue en ese año que un grupo de vecinos, entre los que se cuenta doña Ana María, decidieron pararse en frente de las volquetas y los bulldózers para gritar en defensa del humedal.
En 1996 la CAR (la autoridad ambiental regional) obligó a los constructores a sacar los desechos del humedal y La Conejera comenzó lentamente a salir del coma inducido por la avaricia endémica de los constructores y la negligencia característica de una ciudad que creció para albergar la miseria de un país experto en producir tristezas.
Cuando la mañana rompe contra el espejo de agua y la copa de los árboles (muchos de ellos plantados en una siembra masiva en 1994), el silencio de la madrugada, denso y pesado, como si estuviera hecho de aceite, se quiebra en mil tonos de cantos y sonidos: en el crujiente lamento de urapanes y eucaliptos, el aleteo afanado de las aves o el sutil vaivén de los juncos que suenan como si el viento pasara a través de seda.
La Conejera es hoy, 18 años después de ser escombrera, refugio de la última población viviente en el planeta de la margarita de pantano, una planta que había sido declarada extinta por la Unión Internacional para la Protección de la Naturaleza y que fue descubierta de nuevo para la ciencia en 1998 por la Fundación. De los 13 humedales oficialmente reconocidos, este es el que alberga más diversidad de aves, con más de 110 especies.
En medio del fragor del desarrollo, una batalla cruel en la que el medio ambiente siempre cae en la primera línea, la recuperación del humedal es un orgullo para los vecinos y la ciudad, una victoria ganada por unos pocos, como doña Ana María, para el beneficio de todos. La Conejera es bosque urbano, poblado de patos, tinguas, juncos y magia.
La Fundación que rescató el humedal
La Fundación Humedal La Conejera nació en 1993 para defender el ecosistema, que para esa época estaba invadido de escombros. Después de 18 años de labor se ha hecho acreedora de seis premios (entre los que se cuenta el Nacional de Humedales del Ministerio de Ambiente) y tres menciones, la última de estas (“Amor por Bogotá”) fue otorgada este año por la Alcaldía Mayor.
La Fundación ha emprendido proyectos con instituciones que van desde la Alcaldía Local de Suba, pasando por la Policía Ecológica y la Empresa de Acueducto, hasta Conservación Internacional, el Fondo para la Acción Ambiental y la ONG medio ambiental Ecofondo.
Fundación Humedal La Conejera, tel: 6880768.
Los grandes peligros de La Conejera
Tres son los problemas que aún acechan al humedal La Conejera, en Suba. Una es la contaminación de sus aguas, que proviene de las conexiones erradas que los habitantes de los barrios aledaños han hecho al momento de edificar sus viviendas. Esta es una de las problemáticas que más preocupan a los ambientalistas, pues la mala calidad del agua alteraría por completo el equilibrio de la flora y la fauna del ecosistema, uno de los mejor conservados en la ciudad.
Además, está la amenaza siempre pendiente de la construcción de la Avenida Longitudinal de Occidente (ALO), que según los diseños que se han barajado en los últimos 20 años, pasaría directamente encima del humedal. Las consecuencias serían desastrosas.
En último lugar se encuentra la invasión de perros y otras mascotas que depredan la fauna del humedal. Esta problemática se solucionaría, en opinión de la Fundación Humedal La Conejera, mediante el cierre con malla eslabonada del perímetro de las 65 hectáreas de esta reserva ambiental.