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La Europa que Alemania no pudo dominar con sus ejércitos en la primera mitad del siglo veinte, pareciera estar controlándola ahora, más duraderamente, a través de la economía. Mientras Estados Unidos pierde liderazgo en el mundo y varios estados latinoamericanos desafían sus políticas, Alemania asume un liderazgo indiscutible sobre una Europa debilitada.
Así, el 2 de marzo pasado, a través del Consejo Europeo compuesto por los 27 jefes de Estado de la Unión Europea, Alemania consiguió aprobar el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de la Unión Europea, con la abstención del Reino Unido y la República Checa.
El tratado obliga a los 25 países firmantes a mantener un presupuesto fiscal balanceado o en superávit; es decir, que el déficit estructural anual sea menor a 0,5% del PIB. Asimismo, compromete a los 17 países de la Eurozona a adoptar las decisiones del Consejo en caso de déficits excesivos; mejor dicho, condiciones suprasoberanas incluso sin ayuda financiera.
Ese liderazgo es posible por la fortaleza de la economía alemana, la más fuerte de Europa; como antaño era la de Estados Unidos. Su capacidad le permite proporcionarles la ayuda más importante a los países europeos en dificultades. Actualmente garantiza el 29,1% de 780 mil millones de euros que respaldan la emisión de bonos del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (Francia garantiza 21,8%; Italia, 19,2%), que le permite prestar hasta 440 mil millones. El Fondo fue creado para preservar la estabilidad de la unión monetaria a través de una asistencia financiera temporal a los miembros con problemas.
Esa asistencia está sujeta a condiciones económicas y financieras ciertamente estrictas. La ayuda a Grecia y la reducción de su deuda, lideradas por Alemania, fueron otorgadas a cambio de un ajuste draconiano. El programa incluye despido de 15 mil empleados públicos, reducción de otros gastos fiscales, aumento de impuestos, reducción del salario mínimo en 25%, venta de empresas y activos públicos. Las autoridades griegas lo aceptaron para poder cumplir sus obligaciones financieras y, en últimas, no salir de la Eurozona. El problema es que ese ajuste implica una notoria caída de ingresos. Como perder calidad de vida no satisface a nadie, más aún si es de manera importante, genera unos conflictos sociales gravísimos que pueden conducir a problemas políticos mayores. Adicionalmente, en el caso griego, así como en los de España, Irlanda y Portugal, no es claro si el ajuste tendrá éxito antes de que la ayuda se agote y, en el caso italiano, la necesite, lo que dado su tamaño sería difícil de manejar. Así, la incertidumbre genera más insatisfacción.
La historia es siempre aleccionadora: luego de la Primera Guerra Mundial, las desmedidas reparaciones que los aliados impusieron a Alemania generaron una rechazo inmenso entre los alemanes. Ello condujo al nazismo, que abanderaba el rechazo, a la Segunda Guerra Mundial y a millones de muertos. Grecia, ciertamente, no es la Alemania de los años veinte, pero el ajuste es excesivo y los conflictos sociales no son despreciables.
El fortalecimiento alemán y el debilitamiento estadounidense coinciden con la emergencia de China como potencia económica mundial, pero con déficit de democracia aún, y con Rusia reclamando su liderazgo en el Este, con recursos naturales enormes requeridos por Europa, particularmente Alemania, pero todavía autoritaria y tecnológicamente débil.
Un mundo nuevo está definiéndose, heterogéneo, con nuevos liderazgos y áreas de influencia. Ojalá Latinoamérica pueda aprovecharlo en democracia. Podrá hacerlo siempre y cuando no sea dependiente de exportar materias primas. Para ello tendrá que desarrollar otra política económica, que haga competitiva la producción de manufacturas a partir de sus materias primas.
*Profesor de la Universidad Javeriana.