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El candidato Trump

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El día esperado por los analistas confiados en sus vaticinios de lógica y razón, de tradición y costumbre, llegó para sustentar precisamente lo contrario: que la política es ambivalente como las ambivalentes y convulsas emociones humanas, que los futuros del tiempo no están anclados a una norma universal de ascensión sin retorno ni desvíos, y que la comedia también hace parte del mundo, y que va frecuentemente anclada a la tragedia.

El candidato del Partido Republicano de los Estados Unidos es el mismo quien tres meses atrás era tratado por la seria comunidad de analistas políticos del mundo como un payaso sin opciones políticas serias, como un saltimbanqui despreciable que debía incluso ser ignorado por los medios de comunicación para no seguirle el juego a su inútil jugarreta de xenofobia baboseante de injurias.

Tenían razón en las descripciones de un personaje evidentemente sui generis, pero por esa misma razón no podía ser descartado y debía tomarse con la atención que merece la carrera presidencial en un país de 300 millones de habitantes acostumbrados a vivir en la espectacularidad de lo insólito. Su poder y su carta elevada han sido justamente la de ser un outsider entre la política tradicional, un personaje extraño, espectacular y aparatoso como la espectacular y aparatosa historia de una nación que ha entregado los mejores shows en vivo de la matanza y de la más alta demostración de humanismo y de intelecto en plazos mínimos de tiempo.

Trump, por años, ha sido un profesional ante los medios y ante públicos hambrientos de exhibicionismo. Sabe perfectamente cuándo hacer un gesto efectivo en el momento preciso, ante la cámara exacta. Conoce muy bien los métodos del alto rating en la cultura del show, sabe que no hay opción de ser relevante perteneciendo a los términos medios, y escogió el lado más duro del negocio con altas dosis de hipnotismo, tal cual lo haría un magnate: la intrepidez con tintes de ultraje.

Ya es sabido el argumento fundamental de los analistas políticos que se niegan aún a la posibilidad de verlo escupiendo fuego en el trono de la Casa Blanca: la comunidad latina y afroamericana, dicen, será decisiva en su derrota. Conciben este argumento como el único y el ineludible para descartarlo como posibilidad presidencial seria. Están en lo cierto, pero se equivocan en el descarte y cometen la ingenuidad de banalizar una candidatura excluyente por la dependencia de los votos incluyentes. El fenómeno Trump acaba de despertar un sector nunca enumerado por las encuestas tradicionales; los abstencionistas, representantes del 50% de los votos que nunca decidieron ejercer su participación por desinterés en los discursos abstractos sobre temas técnicos.

Trump ha enardecido como nadie en su país el concepto silvestre de la nación, tan universal y tan perseguido por las más básicas de las facciones. Ha sacado a la luz la carta más poderosa para la movilización de masas: el renombre de un enemigo público, aunque parezca imprudente. Ha dicho ante el mundo lo que muchos quieren decir y creían que no podía decirse tan libremente y con tanta soltura. Y representa ante todo la imagen de un hombre exitoso en la plataforma más influyente del mundo real: la economía, el fundamento de un sistema que solo admite el éxito financiero como el modo de vida soñado y correcto.

Hillary Clinton será la opción de los temerosos del desastre, pero Trump es el desastre que los desilusionados quieren al frente para la reinvención del tiempo, aunque no tengan clara la repercusión, y es la bandera del odio que siempre tiene opción en la vida práctica del mundo para volver a deleitarse en sus cascadas de sangre.

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