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La implosión del Partido Republicano

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Era previsible: John Kasich y Ted Cruz perdieron las primarias, y ahora Donald Trump será el candidato presidencial del Partido Republicano para las elecciones en EE. UU. Y eso significa que el establecimiento de ese partido ha reventado en pedazos.

Toda elección presidencial significa muchas cosas a la vez: es un juicio al presidente saliente; un examen al partido de Gobierno; un examen al partido de oposición; un momento para debatir ideas alternas y una ocasión para hacer un balance de gestión. Pero estas elecciones son, además, un juicio al establecimiento republicano, y el fallo es un rechazo atronador de parte del electorado. De ahí que millones apoyen a un fulano ajeno a la vieja guardia conservadora. Que sea un bufón, un ignorante, un racista, un misógino y un mentiroso es incluso preferible a que provenga del establecimiento, y ese solo hecho lo dice todo.

En otras palabras, los republicanos están tan hastiados de sus líderes y de las mentiras que éstos les han dicho durante décadas, que hasta prefieren a un payaso como Trump. Es tal la decepción que eligen a un empresario que ignora cómo funcionan las relaciones internacionales; que se burla de las mujeres (la mitad del país); que insulta a grupos religiosos y todas las minorías, y hasta países enteros y vecinos como México. Que él reciba tanto apoyo es prueba del rechazo visceral al establecimiento republicano y a la ideología que éste ha defendido a lo largo de los años.

Esto no sucede en el Partido Demócrata. Al contrario: ahí lo más llamativo es Sanders, quien encarna las ideas más puras del credo demócrata. Es decir, la filosofía liberal goza de buena salud, y la prueba es que el candidato que representa las ideas más extremas de la misma ha sido un fenómeno electoral. Al revés de lo que pasa con los republicanos, en vez de rechazar la ideología del partido, Sanders refleja que gran parte de su colectividad quiere más, y una versión aún más radical, de la ideología demócrata.

Lo cierto es que cada candidato derrotado por Trump simboliza una franja del establecimiento republicano rechazada por los votantes.

Jeb Bush encarnaba la dinastía del partido y sufrió una derrota humillante. Los candidatos que defendían recortes a los impuestos de los ricos y recortes a la ayuda de los pobres, también fueron derrotados (y no importa que Trump haría justamente eso como presidente). Y los otros que defendían las tesis clásicas de la ideología republicana (la intromisión religiosa en asuntos de Estado, el patrón oro como base de la economía, el apoyo a la guerra de Irak y la oposición al aborto en cualquiera circunstancia) perdieron ante Trump. Por eso todos ellos lo han acusado “de no ser un verdadero conservador”. Y tienen razón. No lo es. De ahí su éxito. Lo que está en crisis, entonces, es la ideología republicana y su establecimiento, el que se ha dedicado a defender los intereses de una franja blanca, racista, poderosa y enemiga de la diversidad. La ironía es que Trump pertenece al mismo grupo social, pero por no hacer parte del establecimiento republicano, él crece en las urnas.

Estas elecciones son una condena a ese establecimiento y estamos viendo la implosión del partido. Sus futuros líderes tendrán que recoger los pedazos del desastre. Suerte con eso. Luce sencilla la tarea.

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