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Tan cerca y tan lejos

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El enmarcamiento de Colombia como una “historia de éxito” ha sido la herramienta central de política exterior empleada por el actual Gobierno para aumentar el reconocimiento mundial del país. En este proceso también han participado otros gobiernos extranjeros, en especial Estados Unidos, centros de pensamiento y medios nacionales e internacionales, que han aclamado nuestra “transformación extraordinaria” en temas tan diversos como la seguridad, la violencia, las drogas ilícitas, los derechos humanos, la pobreza, la desigualdad y la corrupción.

La efectividad con la que se han comunicado los (supuestos) logros colombianos se evidencia de múltiples formas. Para nombrar algunas, Colombia exporta su experticia antinarcóticos y contrainsurgente a decenas de países; lidera las estrategias de seguridad ciudadana de entidades como el BID y el Banco Mundial; fue protagonista de la sesión especial de la ONU sobre las drogas (UNGASS); recibió invitación de visita de Estado de la Reina de Inglaterra; y son crecientes los países que ya no nos piden visa.

No obstante, el caso de Colombia plantea el interrogante de hasta dónde aguanta la disonancia entre los hechos empíricos y el discurso de la política exterior. Después de que en mayo 2013, el presidente Santos proclamara que el ingreso colombiano a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE, podría definirse al cabo de 48 horas, el proceso ha avanzado pero con altibajos. De los informes ya publicados que deben presentar los 23 comités técnicos que revisan el ingreso de todo aspirante, se deduce que Colombia presenta deficiencias importantes en aspectos como el sistema tributario y pensional, la política laboral y social, la salud (en donde paradójicamente sale mejor librada) y la educación. En este último, el país tuvo entre los peores desempeños en la prueba Pisa 2012, en lectura, matemáticas y ciencias. Y transversal a todo, la OCDE encuentra que la desigualdad y la pobreza por ingresos, de las peores del mundo, constituye un problema estructural profundo.

Por su parte, la reciente solicitud del primer ministro británico de que Santos presida una de las sesiones principales de la cumbre mundial anti-corrupción que se realizará este 12 de mayo, raya con el bajo lugar ocupado por Colombia en el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional, en el que comparte el puesto 83 (de 167) con Benín, China, Liberia y Sri Lanka. Por no mencionar las evidencias diarias de la “mermelada” en la política y la economía nacional, que le restan al país y su líder cualquier autoridad moral en este tema.

Si bien Colombia nunca había estado tan cerca como ahora a los “manjares” del prestigio y la influencia internacional, sus realidades internas hacen todavía lejos dicha meta y sugieren una sana dosis de modestia. Brasil, cuya caída de la gloria mundial ha sido tan estrepitosa como su asenso, ofrece buena materia de reflexión.

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