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Si sus influencias pueden tanto y “consigue” la fiscalía, las elecciones de 2018 serían casi una “formalidad”. El vicepresidente sigue demorado en renunciar.
No se recuerda en nuestra historia una acumulación de poder, en manos de un candidato presidencial, como la que tiene Germán Vargas. En realidad su aspiración en 2018 no trata de su elección si no de su reelección. La Vice presidencia “ejecutiva” ha tenido agenda propia, fue hecha a su medida y los ministerios a su cargo, con importantes presupuestos, buscaban lo que hoy es un hecho innegable: decide, a conveniencia, sobre los asuntos más importantes del país, como se pudo ver en la terna para la fiscalía.
El presidente sabía del cisma que ocasionaría en la coalición de gobierno ese “gesto”. Y Vargas, que con la fiscalía en sus manos tendrá a la clase política y al país, prácticamente, en el bolsillo. Por eso aceptó “cambiar” esa nominación por el ministerio de transporte, ahora en manos de un joven con escasa experiencia, sobre quien seguirá ejerciendo influencia desde la Vice presidencia hasta cuando quiera.
La ruptura, en la práctica, de la coalición que eligió a Santos fue seguida de un mayor fraccionamiento al interior del Polo y los Verdes por cuenta de sus ministerios. Y si algunos Liberales consideraban que a Santos sobrevendría la anhelada unidad del Partido, hoy están notificados de todo lo contrario. Y si es cierto que, a nivel mundial, los partidos atraviesan su momento más complejo, también lo es que sin ellos la democracia no es posible. Pues este es un ejemplo muy claro de cómo se promueve, por malos políticos, su atomización, pérdida de credibilidad y deterioro.
En términos prácticos los factores reales de poder, cada día que pasa, están más en manos de Vargas que de Santos, aunque la opinión pública, dicen las encuestas, no lo favorezcan. En el escenario electoral, como están las cosas, competiría con Fajardo y Petro a quienes en una segunda vuelta derrotaría porque, además de recursos y gobierno, en sus cuentas, para entonces tendrá las maquinarias políticas a su favor que serían determinantes. Quiere repetir en las presidenciales lo que ya hizo en las elecciones regionales: usar abiertamente los cargos públicos en su propio beneficio, como quedó en evidencia con las visitas “sociales” a su despacho de candidatos a gobernaciones y alcaldías o el “soy amigo del hombre de la chequera” con que convenció a los electores su amigo, el actual gobernador del Cesár.
La agenda política tuvo y tendrá un momento cumbre con la elección de fiscal, correspondiendo a la Corte Suprema de Justicia ese complejo “fallo”. Tiene en sus manos una histórica responsabilidad, y todos esperamos que tome las precauciones y el tiempo que sea necesario para una decisión que requiere justicia, equilibrio, transparencia y ninguna politiquería. Nada más inconveniente que un “pupitrazo” en asunto tan delicado.
A estas alturas y para no ocasionar más desajustes en nuestro andamiaje institucional; para no involucrar en su campaña nada menos que a nuestras más altas instancias jurídicas o, aunque sea, para no quedar en mayor evidencia ante una opinión que registra impotente tanta concentración y abuso del poder, el vicepresidente debería renunciar y dedicarse a su campaña, en igualdad (?) de condiciones con sus competidores .Con sus propios recursos, y no con los recursos públicos. ¿Equilibrio de poderes?, ¿Igualdad?
Posdata: la semana pasada el vocero de Cambio Radical, (todos sabemos que el director despacha abajito de palacio) dijo a sectores políticos que reclamaron por tantas gabelas “Si no les gusta la burocracia, que jueguen limpio y renuncien a ella”. ¿Alguien ha visto a un pájaro tirarle a una escopeta? El único candidato con cargo de Vicepresidente, puestos y contratos a discreción, los últimos 14 años, es su jefe.