Publicidad

La guerra injusta de los otros

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Decir guerra injusta es redundante, pues toda guerra lo es.

Más ahora cuando el concepto de guerra justa ha quedado, al parecer, archivado en la teología moral católica, que llegó a aceptarlo en la antigüedad y para el caso extremo de tiranías insoportables. Esa justificación, si bien pudo amparar en un momento dado la conciencia de unos cuantos religiosos que se dieron a la guerra entre nosotros, satrapías de ese estilo no puedo creer que se hayan dado en nuestro país.

Nadie, en el debate de hoy, quiere la guerra. Es un descaro que se les atribuya esa intención a quienes no están de acuerdo con los arreglos de paz, tal y como los está llevando a cabo el actual Gobierno. No es posible pretender que éste sea infalible y que su autorización legal para hacer la paz comprenda la de hacer reformas constitucionales a discreción, con refrendaciones populares engañosas y no vinculantes como las que se anuncian.

Es verdad que hay una guerra injusta y cabe decirlo de esta manera para reiterar su descalificación. Es la que viene haciendo la otra parte o fuerza rebelde y así haga pausas en ella, amenaza con regresar al accionar bélico si no se le concede lo que pide en una mesa de negociaciones, que más parece mesa de capitulaciones a las que se conmina al Gobierno.

Cuando se afirma que poner condiciones para la paz es no quererla o torpedearla, equivale a decir lo mismo del propio Gobierno negociador cuando le exige, por ejemplo, con justificada razón, a la guerrilla que suspenda los secuestros y libere a las víctimas antes de sentarse a conversar. ¿Está torpedeando con ello su propia paz?

Diría que habría que dejar a quienes practican la injusticia de la guerra que continúen con sus pretensiones negadas, si estas comprometen la identidad y los valores nacionales no negociables; y que las acciones bélicas queden de su exclusiva responsabilidad. Sin ingenuidad, claro está, toda vez que el Estado debe permanecer alerta a los desafíos y daños y presto a la defensa de la sociedad, por medio de la fuerza pública.

Tal fuerza ha de estar purificada de las ignominiosas prácticas que se le han conocido, perpetradas, por cierto, no tanto en contra de los rebeldes, cuanto de la población civil indefensa. Quejarse la guerrilla por los llamados falsos positivos —y es otro capítulo— no es lo más propio, ya que las víctimas, esas víctimas, no les pertenecen.

Que un ciudadano en poder de la justicia cumpliendo condena pueda ser objeto de injurias por quien pasa a su lado y quiere lucirse en las redes sociales, hace parte de un linchamiento moral. El hecho de no llevar esposas es asunto de responsabilidad de sus guardias y quien debería lucirlas es aquel que comete en flagrancia el delito de injuria.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido